Listado Completo de Nuestros Articulos...

 

  • Como la gota en el cáliz
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    El día de nuestra profesión religiosa entregamos nuestras vidas como ofrenda agradable al Padre para consagrarlas completamente a su servicio, convirtiéndose desde aquel instante en oblación y víctima de suave aroma que sube hasta el cielo y perfuma eternidad… ¿Cómo describir esta siempre misteriosa y maravillosa consagración?; se me ocurre una figura tan profunda y tan significativa que no bastaría la brevedad de una página para describirla, pero en atención a la situación trataré de expresarme sucintamente. La profesión de los votos me hace evocar inmediatamente aquella pequeña gota de agua que cada día, cada uno de nosotros, pone en el cáliz al prepararlo para que, dentro de unos instantes, pueda contener la siempre copiosa Sangre de Cristo, que no cesa de fluir hasta el fin de los tiempos en busca de las almas que desea empapar junto con ella de su infinita misericordia. Aquella pequeña gota se une como la humanidad al santo sacrificio, a una sangre que clama mejor que la de Abel en favor de los hombres, a una sangre divina que ha venido a desposarse con la naturaleza humana para redimirla… la profesión de los votos nos hace de algún modo mezclarnos con la Sangre Redentora que fluye desde el madero hacia las almas. Como la gota en el cáliz los sagrados votos nos hacen adentrarnos de tal manera en el designio divino que nos hacemos indisolublemente uno con la voluntad divina manifestada en el fiel cumplimiento de nuestras constituciones… al menos para eso los profesamos; la diferencia es que en el cáliz la pequeña gota una vez mezclada no puede salir más, en el religioso en cambio, sí, cada vez que su voluntad quiera arrebatarle a Dios sus derechos, pues conserva su libertad… pero no profesamos para eso sino para dejarnos confundir con la voluntad divina haciendo de la nuestra una sola con ella… entregar el alma a Dios ya en esta vida, eso son los votos, he aquí el gran don que se nos ha hecho. Fue el mismo Dios quien tomó en sus manos nuestra entrega: Dios aceptó nuestro holocausto, Dios nos impregnó de su misericordia, Dios nos envía a combatir a cada uno desde un lugar estratégico en su iglesia… será distinto, será variado, será lejano, pero siempre será “nuestro lugar de combate”: a veces desde los ambones, otras a los pies del sagrario, algunas desde los confesionarios, otras en la penumbra de la noche o a la débil luz del alba con un rosario entre las manos, quién sabe, Dios sabe… donde sea y como sea, la pequeña gota en el cáliz estará mezclada con la sangre del Verbo eterno que aceptó gustoso nuestra entrega para llevarla Él mismo a buen término. La obra siempre es suya, nosotros sólo tenemos dos alternativas: contribuir con nuestra docilidad u obstaculizar con nuestra infidelidad. María santísima sea el timón de nuestra barca y la Cruz el cáliz precioso que contenga la sangre del Cordero junto con la pequeña gota de nuestra profesión, que se…
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  • El amor de los Santos Pedro y Pablo
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    Celebramos ya en este día la Misa de la Vigilia de los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo. Son ellos las cabezas de la Iglesia, las columnas. De hecho su nombre de príncipes significa eso: gente de principios, los primeros y también los principales. El Evangelio de este día nos daba en la figura de San Pedro la clave de interpretación de estas dos vidas entregadas absolutamente en todo al servicio del Señor Jesús. La triple pregunta de Cristo sobre el amor de Pedro encuentra una segura y humilde respuesta. Ya no es la respuesta segura y soberbia del Pedro de antes de la Pasión. Sino una respuesta firme, pero humilde. Como quien dice: “te amo, y quiero servirte en todo y hasta el final, aunque tengo bien en claro lo débil que soy. Es el amor lo que nos permitirá entender a estos hombres. Ellos se han convertido en estrellas refulgentes para la Iglesia, cosa que brota de un amor ardiente a su Maestro. Así los que tan diferentes se mostraron en su vida se vieron unidos por un común amor. Pedro era de cuna humilde, de la despreciada Galilea, ciudad de incultos. Pablo era de buen pasar, de la esplendente Tarso, cuna de la cultura en su zona. Pedro estuvo con el Mesías el tiempo de su vida en la tierra, Pablo lo conoció sólo por la predicación de Esteban y Ananías. Pedro fue en su primera época un hombre impulsivo pero falluto, Pablo siempre buscó servir a Dios, aun cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Pero, más allá de tantas diferencias, el común amor a Cristo los constituyó en jefes de la naciente Iglesia: uno en cuanto cabeza de la misma, otro en cuanto instrumento elegido por Dios para llevar la buena nueva a los gentiles. Tanto se habla de amor en nuestros días a la vez que ese amor brilla por su real ausencia. Pedro entendió lo que significaba amar a alguien, y amó con todas sus fuerzas. Pablo, el hombre que no sabía de otra cosa que de amores apasionados al encontrar el amor de Dios permitió que ese amor lo desgarrase. Tuvieron un amor auténtico, ese amor del que no se habla, sino que simplemente se lo vive. Ese amor que crea fuerzas para afrontar lo que venga, sin importar qué sea. Ese amor al que viéndolo de lejos se le teme, pues te hará sufrir necesariamente. Basta mirar por arriba un poco sus vidas. Fueron hombres perseguidos, despreciados por su amor. Y ellos, en vez de acobardarse y dejar a su amado, más se fortalecían de día en día. A tal punto llegó ese amor que Pedro luego de ser azotado salía contento de haber sido hallado digno de sufrir algo por Cristo, y Pablo, no encontraba más gloria que en sus sufrimientos, en ser tenido, como él mismo decía, como desecho del mundo. No podemos menos que admirarnos de amores tan apasionados. Amores verdaderos. Amores sin placeres. Amores…
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  • El celo de tu casa me devora
    Cumplimos[1] 13 años de Ordenación[2] gracias a Dios y a Su Madre. Gracias a tantas almas buenas que desde sus lugares rezan, trabajan y ofrecen a Dios obras dignas que nos obtienen, por Su Misericordia, la gracia siempre inmerecida de la perseverancia. Quiero referirme a lo que indico en el título "El celo de Tu Casa, Señor, me devora" (Sal 69, 10; Jn 2, 17). Bien entendido, en su sentido más preciso, el celo es un aspecto del verdadero amor, el celo busca el bien del amado y esto con tanta fuerza que devora el espíritu, enardece los afectos, consume el cuerpo. El celo por la Casa de Dios, es el ansia de que esa Casa, lugar del Banquete eterno, donde habita el mismo Dios, esté lleno. Celo que mueve a querer, eficazmente, la salvación de todos. En esto ocupamos nuestros días, en buscar almas para Él. En esto se nos va la vida, en tratar de cumplir Su Voluntad, pidiéndole noche y día que se salven todos. Esto no va contra el dogma católico. Sabemos que hay almas en el infierno y que, desdichadas, nunca podrán salir de allí, por libre elección de ellas mismas. Elección libre, eterna e invariable. Pero eso no obsta que, de ahora en adelante, nadie más caiga en el infierno. Es difícil, sí. Más aun, imposible para el ser humano. "Nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate". Es imposible para el hombre sin la ayuda eficaz de la gracia de Dios, pero no es imposible para Dios. Porque mientras hay tiempo, hay Esperanza y esta Esperanza nos exige esperar Dios de Dios. Es decir, esperar llegar al Cielo con el auxilio mismo de Dios y eso mismo esperamos para las almas que aun viven sobre esta Tierra: que lleguen a Dios con la ayuda de Dios.
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  • El celular en la vida religiosa ¿amigo o enemigo?
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    La vida religiosa en la Iglesia brilla por determinados elementos que son claves de la misma. Podemos nombrar, por ejemplo, la vida de oración, el trabajo apostólico, la vida comunitaria, la formación, la práctica de los votos. En esta ocasión quisiera detenerme en una creatura que ha irrumpido en la vida de los hombres hace pocos años ganándose un espacio importante en el caminar de cada día. Una creatura que ha logrado ganarse en la mayoría de las personas un papel de necesaria, y que por ello, también ha ingresado en las comunidades religiosas. No hablo de otra cosa que del celular.
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  • El ejemplo de seriedad de Marcello Morsella
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    “Porque queremos formar almas que maduren para el cielo” (1) En varias ocasiones hemos evocado la persona de Marcelo, pero especialmente hoy me parece más que oportuno, pues en el día que comenzamos formalmente el año lectivo él se nos presenta como un modelo acabado a seguir en nuestra formación integral, que no es otra cosa que la unión con Dios. En el día que los restos mortales de este “capitán triunfante” descansaron en el suelo de la “La Finca” el P. Buela pronunció unas bellísimas palabras, que concluyó con una poseía dedicada a este primer hijo espiritual que nació para el cielo. Con el corazón en la mano, declamó: «“Marcelito, ¡querido!; ¡mi dulce y querido y valiente, Marcelo!, olor a tierra mojada, perfume de azahares en espera, trino alegre de juguetones pájaros, acequia cargada de agua, cosecha a punto, trabajo bien hecho, rosal en flor» (2). Sin dudas que Marcelo -en palabras del propio P. Buela- fue “(Marcelito), ¡hijo de mi alma!” (3) de ahí que debamos buscar de imitarlo si queremos formarnos como auténticos hijos del Verbo Encarnado (IVE). Sabemos que un signo de madurez es la responsabilidad, es decir “dar respuesta” de nuestros propios actos, nuestras responsabilidades, nuestro estado etc. Marcelo en esto fue ejemplar, tal vez por eso su biógrafo también un día de Lectio brevis del 2016 decía «Marcelo fue, sobre todo, responsable. Responsable en sus relaciones familiares, en sus amistades, en su trabajo, en su estudio, en su apostolado, en su trabajo interior de la voluntad. Buscó hacer todo bien, porque ese es el único modo en que las cosas deben hacerse si se hacen por Dios» (4). Cuando tuvo que retrasar un año su ingreso al seminario por razones familiares, pues debía trabajar para ayudar a sus padres, Marcelo hizo lo posible por vivir ese tiempo como si ya fuese seminarista con grandes deseos de ingresar, incluso empezando a estudiar por su cuenta algunas cosas, quizá para ir ganando tiempo o para que esto lo ayudara a ser fiel a la palabra empeñada a Dios. Escribía en ese tiempo: “También estoy estudiando un poquito de latín, que también es muy interesante” (5). He aquí alguien que no perdía el tiempo. Destaca el P. Fuentes «Marcelo encaraba lo que hacía con un gran sentido de la responsabilidad. Como escribe en una notita de 1983: “la vida es un continuo tomar y dejar, partir y llegar. Y así será hasta la última Partida. Es fácil decir me voy, pero hay que hacerlo. Solamente pido a Dios, por medio de mi Madre, que me dé la fortaleza para hacer lo que tengo que hacer, aunque mucho me cueste” (6). Ojalá todos entendamos que hay que hacer lo que debemos hacer. Y punto». Decíamos que Marcelo era responsable en todo por eso tomaba muy en serio su formación. Por ejemplo, consideraba el estudio algo fundamental para prepararse al sacerdocio. Y se refiere a algunas conferencias a las que pudo asistir en el primer año de seminario como…
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  • El fundamento de nuestra vocación ‘Permaneced en mi amor’
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    ‘Permaneced en mi amor’ Nos dice Nuestro Señor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9) «No podrá el hombre escuchar jamás una noticia más alta que esta “buena nueva”, ni meditar en nada más santificante; pues, como lo hacía notar el Beato Eymard, lo que nos hace amar a Dios es el creer en el amor que Él nos tiene. Permaneced en mi amor significa, pues, una invitación a permanecer en esa privilegiada dicha del que se siente amado, para enseñarnos a no apoyar nuestra vida espiritual sobre la base deleznable[1] del amor que pretendemos tenerle a Él (Cf. Jn 13,36-38), sino sobre la roca eterna de ese amor con que somos amados por Él»[2]. El mismo Apóstol nos dice en su primera carta: “Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Por lo cual se puede ver que ‘Permanecer en el amor’: «No significa (como muchos pensarán), permanecer amando, sino sintiéndose amado, según vemos al principio de este versículo: hemos creído en ese amor. S. Juan que acaba de revelarnos que Dios nos amó primero (v. 1Jn 4,10)»[3]. En el Evangelio de hoy es Cristo mismo Quien categóricamente nos dice desde lo más profundo de su ‘corazón hipostático’[4]: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9). «También allí nos muestra el Salvador este sentido inequívoco de sus palabras, admitido por todos los intérpretes: no quiere Él decir: permaneced amándome, sino que dice: “Yo os amo como Mi Padre me ama a Mí; permaneced en mi amor”, es decir, en este amor que os tengo y que ahora os declaro (cf. Ef 3,17), que aquí descubrimos es, sin duda alguna, la más grande y eficaz de todas las luces que puede tener un hombre para la vida espiritual, como lo expresa muy bien S. Tomás diciendo: “Nada es más adecuado para mover al amor, que la conciencia que se tiene de ser amado”. No se me pide, pues, que yo ame directamente, sino que yo crea que soy amado. ¿y qué puede haber más agradable que ser amado? ¿No es eso lo que más busca y necesita el corazón del hombre? lo asombroso es que el creer, el creerse que Dios nos ama, no sea una insolencia, una audacia pecaminosa y soberbia, sino que Dios nos pida esa creencia tan audaz, y aun nos la indique como la más alta virtud. Feliz el que recoja esta incomparable perla espiritual que el divino Espíritu nos ofrece por boca del discípulo amado; donde hay alguien que se cree amado por Dios, allí está Él, pues que Él es ese mismo amor (…) Fácil es por lo demás explicarse la indivisibilidad de ambos amores si se piensa que yo no puedo dejar de tener sentimientos de caridad y misericordia en mi corazón mientras estoy creyendo que Dios me ama…
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  • El lugar de la Sagrada Escritura en nuestro derecho propio
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    “Ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación” 2Tim 3,15 «Imprimis vero Sacram Scripturam quotidie prae manibus habeant» Perfectae Caritatis, 6. «La Palabra de Dios (...) es en verdad la fuerza de nuestro Instituto (...)» Directorio de Espiritualidad, 238. «La Sagrada Escritura debe ser el alma de nuestra alma, de nuestra espiritualidad, teología, predicación, catequesis y pasto­ral. Debería poder decirse de nosotros lo que decía San Jeróni­mo de una persona conocida suya: “A través de la diaria lectu­ra y meditación de la Escritura, ha hecho de su corazón una biblioteca de Cristo”[1], pues para nosotros “la Palabra de Dios no representa menos que el Cuerpo de Cristo» Directorio de Espiritualidad, 239. El magisterio de la Iglesia en el último Concilio Ecuménico incita: «De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo”, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras»[2]. Por su parte, Pablo VI afirma en la Perfectae Caritatis: «En primer lugar, manejen cotidianamente la Sagrada Escritura para adquirir en la lectura y meditación de los sagrados Libros “el sublime conocimiento de Cristo Jesús” (Fil 3,8)»[3]. Y Benedicto XVI en su exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini: «También hoy, las formas antiguas y nuevas de especial consagración están llamadas a ser verdaderas escuelas de vida espiritual, en las que se leen las Escrituras según el Espíritu Santo en la Iglesia, de manera que todo el Pueblo de Dios pueda beneficiarse. El Sínodo, por tanto, recomienda que nunca falte en las comunidades de vida consagrada una formación sólida para la lectura creyente de la Biblia[4]»[5]. Fieles a la Tradición y Magisterio, nuestra minúscula, incipiente y querida familia religiosa encarnó en sus Constituciones como en nuestros Directorios el apremiante apelo de la Santa Madre Iglesia. En el presente artículo es nuestra intención evidenciar en los mencionados documentos del IVE el lugar de relevancia que ocupa la Sagrada Escritura. 1. La Sagrada Escritura en nuestras Constituciones Ya en las primeras páginas de nuestras Constituciones en la Parte I titulada: “Introducción: Nuestra Familia Religiosa. Principios Generales. Nuestro ‘Camino’” al tratar sobre el Apostolado dice: (16) De manera especial, nos dedicaremos a la predicación de la Palabra de Dios más tajante que espada de dos filos (Heb 4,12) en todas sus formas. En el estudio y la enseñanza de la Sagrada Escritura, (…). En la búsqueda y formación de idóneos ministros de la Palabra, en la publicación de revistas, tratados, libros, etc., y en otras cosas. Por el verbo oral y escrito queremos prolongar al Verbo. Luego en la Parte VII “Formación de los miembros” Capítulo 1. Dimensiones de la formación, en el 203 refiriéndose a la formación espiritual afirma: (203) La meditación fiel de la Palabra de Dios, por la cual conocemos los misterios divinos, y hacemos propia su valoración de las cosas. Esto es especialmente importante en orden al ministerio profético[6]. Por eso enseña el Concilio Vaticano II que todos los clérigos, especialmente los sacerdotes,…
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  • El reflejo silencioso
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    Esta sencilla reflexión surgió, efectivamente, a partir de un reflejo silencioso. Al referirme así, me parece mejor para ir desglosando paulatinamente el significado que tal impresión tiene para mí. El reflejo silencioso no es nada extraño al sacerdote, al contrario, le resulta tan familiar como dar la bendición con el santísimo sacramento puesto en la custodia. Es justamente ahí, en el vidrio de la custodia que protege la Hostia Consagrada, que se produce este maravilloso reflejo silencioso en que el sacerdote puede verse impreso a la vez que observa atentamente a través del diáfano cristal al mismo Verbo Eterno convertido en sacramento. Bien digo que este reflejo silencioso sea “maravilloso”, pues de alguna manera podemos decir que el sacerdote se ve reflejado en la misma hostia que han consagrado sus manos, que le ha dado todo el sentido a su existencia y que es el alma de su sacerdocio pues sin Eucaristía no habría sacerdocio…ni viceversa.
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  • El religioso y las constituciones
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    Las Constituciones en relación a la santidad y el apostolado del Religioso Introducción En un discurso dirigido a los participantes en la sesión plenaria de la Sagrada Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el Papa Juan Pablo II decía lo siguiente: “Me es grato confirmaros, ante todo, mi convencido aprecio por lo que representa el carisma específico de la vida religiosa en el conjunto del Cuerpo místico. Constituye en la Iglesia una gran riqueza: sin las Ordenes religiosas, sin la vida consagrada, la Iglesia no sería plenamente ella misma. En efecto, la profesión de los consejos evangélicos permite a quienes han recibido este don especial conformarse más profundamente a esa vida de castidad, de pobreza y de obediencia que Cristo eligió para sí y que María, Madre suya y Madre de la Iglesia, abrazó (cf. Evangelica testificatio, 2), como modelo típico para la Iglesia misma. Al mismo tiempo, esta profesión constituye un testimonio privilegiado de la búsqueda constante de Dios y de la dedicación absoluta al crecimiento del reino, al que Cristo invita a los que creen en El (cf. Mt 6, 33). Sin este signo concreto, la ‘sal’ de la fe correría el peligro de diluirse en un mundo en vías de secularización, como es el actual (cf. Evangelica testificatio, 3)”[1]. Con estas palabras, el Santo Papa definía la vida religiosa como un “don” que viene de Dios, pero también como un “testimonio” nuestro en respuesta a ese don.
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  • Elementos esenciales de la Vida Religiosa
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    INTRODUCCIÓN La renovación de la vida religiosa durante los últimos veinte anos ha sido en múltiples aspectos una experiencia de fe. Se han hecho esfuerzos generosos para explorar a fondo en la oración qué significa vivir la vida consagrada según el Evangelio, el carisma fundacional de un instituto religioso y los signos de los tiempos. Los institutos religiosos de vida apostólica han intentado, además, afrontar los cambios exigidos por la rápida evolución de la sociedad a la cual son enviados y por el desarrollo de los medios de comunicación que condicionan sus posibilidades de evangelización. Al mismo tiempo, estos institutos se han encontrado con cambios imprevistos en su misma situación interna, elevación del promedio de edad de sus miembros, disminución de vocaciones, merma consiguiente de sus efectivos, diversidades en los estilos de vida y en las obras y, con frecuencia, incertidumbre acerca de su identidad. El resultado ha sido una experiencia comprensiblemente compleja, con muchos aspectos positivos y algunos otros notablemente dudosos.
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  • Importancia de la vocación religiosa
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    Está fuera de duda que nuestra eterna salvación depende principalmente de la elección de estado. El Padre GRANADA dice que esta elección es "la rueda maestra de la vida". Y así como descompuesta la rueda maestra de un reloj queda todo el desconcertado, así también, respecto de nuestra salvación, si erramos en la elección de estado, "toda nuestra vida, dice SAN GREGORIO NACIANCENO, andará desarreglada y descompuesta". Por consiguiente, si queremos salvarnos, menester es que, al tratar de elegir estado, sigamos las inspiraciones de Dios, porque solamente en aquel estado a que nos llama, recibiremos los necesarios auxilios para alcanzar la salvación eterna. Ya lo dijo SAN CIPRIANO: "La virtud y gracia del Espíritu Santo se comunica a nuestras almas, no conforme a nuestro capricho, sino según las disposiciones de su adorable Providencia"1. Que por esto escribió SAN PABLO: cada uno tiene de Dios su propio don2. Es decir, como explica CORNELIO a LAPIDE: "Dios da a cada uno la vocación que le conviene y lo inclina a tomar el estado que mejor corresponde a su salvación". Esto esta muy conforme con el orden de la predestinación, que describe el mismo Apóstol cuando dice: Y a los que ha predestinado, también los ha llamado; y a quienes ha llamado, también los ha justificado; y a quienes ha justificado, también los ha glorificado3.
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  • Imposición de sotana
    Hagamos de cuenta que en este momento entra una persona a la iglesia y que, si bien es católica, nunca ha participado de una imposición de sotana. Imaginémonos qué cosa se preguntaría y tratemos de respondérsela. ¿Qué es un hábito? Dice el Diccionario de la Real Academia Española: Vestido o traje que cada persona usa según su estado, ministerio o nación, y especialmente el que usan los religiosos y religiosas. Es decir, algo que indica exteriormente una vocación y por ende a qué se dedica la persona (militar, policía, doctor, etc.) En este caso muestra que quien la lleva ha comenzado el camino de consagración y puntualmente en nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado (cada congregación tiene su propio hábito).
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  • Ipse Christus in aeternum
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    PRIMERA MISA DEL P. PAULO JOSÉ DE CARVALHO SANTOS “Ipse Christus in aeternum” “Vas electionis est mihi iste” At 9,15 Querido Padre Paulo, siento un gozo y alegría inconmensurable, no justamente por estar en esta Iglesia y ante un público tan cualificado sin desmerecer a ambos -claro- sino que esos sentimientos me brotan porque el 25 de agosto comenzaste a ser lo que no eras: “Sacerdos” y hoy por vez primera celebras el Santo Sacrificio en esta Capilla, para ser más preciso será la XXXa vez que por las palabras que salgan de tus labios el Verbo se hará carne. Creo que para un sacerdote no hay palabras tan tremendas como las que David coloca en la boca de Yavhé, canta el Rey Santo: «El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: |“Tú eres sacerdote eterno (Tu es sacerdos in æternum)”»1. Esta breve frase por el número de las palabras es grande y tremenda por el peso de la sentencia2: Tu es sacerdos in æternum pues el Señor tu Dios no se arrepiente, eres sacerdote y para siempre! Por esto me parece que el gravado que colocaste en tu cáliz de ordenación es más que acertado: “Sacerdos alter Christus”, porque de alguna manera en esos vocablos están como cifradas o concentradas la naturaleza, identidad y misión del sacerdote. Qué mejor y celebre ocasión para tratar este argumento! I Sacerdos alter Christus (Naturaleza) Para tu homónimo, el Apóstol de la espada, «lo esencial del sacerdocio cristiano es algo muy particular: una cierta vocación, un ser llamado a participar en las altas funciones sacerdotales de Cristo; es un poseer, en cierta medida, el espíritu de Cristo, y junto a él, una particularísima comunidad de vida y de sufrimientos con el Señor»3. De ahí que el P. Buela afirme: «Todo esto solemos resumirlo en la expresión “sacerdos alter Christus”; es decir, el sacerdote es “otro Cristo”. -Tu celestial Patrono- (Pablo) está penetrado hasta lo más hondo de esta idea central del sacerdocio, conforme al Nuevo Testamento: Dios le ha reclamado para su servicio, ya desde el regazo materno; Cristo le ha “tomado”, ungiéndole con el Espíritu Santo, por lo que es el siervo, el mensajero y el guardador de los secretos, el soporte del Evangelio, encontrándose armado de fuerzas especiales que le permiten dominar incluso a los demonios. Con Cristo mantiene una vinculación continua de vida y de sufrimiento, siendo sus penas las mismas de Jesús»4. Que día a día P. Paulo José puedas penetrar en la profundidad del “misterio sacerdotal”, el sacerdote es alter Christus! Por esto, insistentemente nos enseña la Iglesia: «En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad (...) “Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona representa el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración sacerdotal recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la facultad de actuar por…
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  • La fuerza del carisma
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    La Fuerza del Carisma El pasado 25 de marzo el Instituto del Verbo Encarnado ha cumplido 25 años de vida. Son tiempos para agradecer. Sin duda. Pero también son tiempos para maravillarse por la obra de Dios. Uno puede percibir la desproporción que hay entre los instrumentos humanos de la evangelización y la obra que se emprende. Por nuestro Seminario de San Rafael pasan permanentemente misioneros, la mayoría de los cuales ha estudiado en esta casa. Dan sus testimonios, cuentan sus luchas, sus ilusiones misioneras. Edifican a todos. Y varias veces me venía este pensamiento:
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  • La lectio divina
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    Práctica de la Lectio Divina para principiantes Lic. José A. Marcone, I.V.E. (Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) Definición de Lectio Divina La Lectio Divina es un diálogo con Dios tomando como punto de partida y como argumento de este diálogo la Palabra de Dios escrita, que es la Biblia, también llamada Sagrada Escritura o Escritura Divina. Por eso también puede definirse como una lectura orante de la Biblia. Es muy importante estar convencidos que si bien el título que lleva esta acción es de ‘lectura’ (lectio), se trata de una lectura en la que se entabla una relación dialogal, un diálogo: “En realidad, no sería preciso que los padres y otros maestros espirituales aconsejaran asociar la oración a la lectura. Cuando la lectio divina se practica como enseña la tradición, es decir, cuando la «lectura divina» es verdaderamente «lectura divina» y no mera «lectura espiritual» ni está dominada por preocupaciones intelectuales o utilitarias; cuando la lectio es atención a Dios y contacto personal e íntimo con su Palabra, la oración brota espontánea e irresistiblemente. Esmás, la oración forma parte de la lectio. En efecto, a Dios no se le lee como se lee un autor cualquiera. Se ha insistido mucho en que leer es ponerse en íntima comunicación con el autor, y es cierto. Para leer bien, para que un autor nos comunique de verdad su pensamiento y conteste a nuestras interrogaciones, es preciso-que consideremos que estamos conversando con él. Claro que esto es una ficción, porque ni el autor nos conoce ni está presente, y por tanto no puede responder a nuestras preguntas sino en cuanto las respuestas están ya escritas en su texto. Con la Biblia es diferente. Dios, que está presente en ella, es un Dios vivo, un Dios que no sólo habló sino que habla, que me habla. Por eso, «lectura de Dios» equivale a «conversación con Dios»”[1]. También podemos definirla de la siguiente manera: “La Lectio Divina es una lec­tura personal de la palabra de Dios, mediante la cual nos esforzamos por asimilar su substancia; una lectura que se hace en la fe, en espíritu de oración, creyendo en la presencia actual de Dios que nos habla en el texto sagrado, mientras nos esforzamos por estar nosotros mismos presen­tes, en espíritu de obediencia y de completa entrega tanto a las promesas como a las exigen­cias divinas”[2]. “Si se mantiene el concepto auténtico de «lectura divina» se mantendrá ipso facto la neta distinción entre ella y el estudio. Esto no implica, claro es, ningún desprecio para el estudio. Una vida espiritual profunda requiere, por lo general, una buena formación intelectual, teológica, en quienes son capaces, y tienen oportunidad de adquirirla. Dom Ambrose Southey, como de ordinario, acierta plenamente cuando escribe: «La lectio divina se refiere a un tipo de conocimiento especial; el estudio, a un conocimiento más conceptual. Como es natural, no hay que reaccionar exageradamente contra la insistencia actual sobre la inteligencia de Occidente, cayendo en un anti-intelectualismo. No; ambos conocimientos van a la par. Son complementarios, y…
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  • La prensa y los misioneros
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    Ofreceremos en distintos artículos algunas de las cartas circulares del Beato Pablo Manna a los miembros de su Instituto La traducción del italiano la ha realizado hace algunos años el R.P. Lic. Victorino Ortego (Carta circular nº 2, Milán, 30 de noviembre de 1924) Excelencias Reverendísimas y amadísimos cohermanos: Para el mayor desarrollo del Instituto y para ayudar a resolver nuestro problema económico pienso que es nuestro deber poner la atención en mejorar nuestra prensa aquí en Italia. En otra ocasión os prometí que me iba a referir a este argumento y lo hago ahora, dándoos algunas normas que, espero, serán tomadas en la debida consideración porque, como el actual florecimiento de nuestras casas se debe en gran parte a esta actividad, así y aun mejor deberá ser en el futuro. Diré brevemente algo sobre el deber de la deseada colaboración a las publicaciones del Instituto y especialmente a “las misiones católicas” y los modos de ampliarla. En cuanto al deber, no diré muchas palabras porque es cosa evidente, y tengo confianza de que todos aquellos que pueden, de cualquier manera, colaborar con nuestra prensa, lo harán de buena gana, sabiendo que concurren así al bien de todo el Instituto porque la prensa es el único medio de comunicación que tiene con el público, sobre el cual, después de la Providencia, el Instituto mismo funda, y no puede dejar de hacerlo, su esperanza, con respecto a la continuidad y el aumento de las vocaciones y de sus donaciones. Si nuestra prensa se debilita, por falta de colaboración, también el Instituto se resiente en la disminución de la estima y confianza, aventajándonos, hoy otras instituciones. No se trata de que nosotros nos lamentemos, o podamos dolernos del progreso de los demás, no tendríamos corazón de Misioneros; pero es cierto que todos nosotros debemos sentirnos comprometidos con el progreso de nuestro Instituto porque eso responde al progreso de las misiones a él confiadas, de las cuales sólo nosotros tenemos la responsabilidad ante Dios y la Iglesia. Por consiguiente será necesario organizar la comunicación entre nuestra publicaciones (MISIONES CATÓLICAS, ITALIA MISIONERA, PROPAGANDA MISIONERA, BIBLIOTEQUITA MISIONERA), las cuales en 1925 serán enviadas (exceptuadas BIBLIOTEQUITA MISIONERA) a todos los Misioneros. En cuanto a las normas, trataré de resumirlas brevemente: 1) Para los acontecimiento que interesan a todo el vicariato (fiestas, obras generales, seminarios, etc.) a menos que S.E. Mons. Vicario Ap. no pueda hacerlo él mismo (y alguna vez sería de desear), debería haber un corresponsal ordinario, pero uno solo (o si son varios, uno solo para el mismo hecho) para que no suceda que sobre el mismo hecho en diversos tiempos y sin mediar ulteriores variaciones se manden dos y tal vez tres crónicas que narran lo mismo. 2) Tratándose de acontecimientos (conversiones, inauguración de escuelas, etc.) que interesan directamente a un solo distrito, el jefe del distrito, o su ayudante (y no un padre de otro distrito) mande noticias para la primera parte de la revista (la cual es más propiamente el órgano…
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  • LAS CAUTELAS
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    INSTRUCCIÓN Y CAUTELAS El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento, silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios, y librarse de los impedimentos de toda criatura de este mundo, y defenderse de las astucias y engaños del demonio, y libertarse de si mismo, tiene necesidad de ejercitar los documentos siguientes, advirtiendo que todos los daños que el alma recibe nacen de los enemigos ya dichos, que son: mundo, demonio y carne. El mundo es el enemigo menos dificultoso: el demonio es más oscuro de entender; pero la carne es más tenaz que todos, y duran sus acometimientos mientras dura el hombre viejo. Para vencer a uno de estos enemigos es menester vencerlos a todos tres; y enflaquecido uno, se enflaquecen los otros dos, y vencidos todos tres, no le queda al alma más guerra. CONTRA EL MUNDO Para librarte perfectamente del daño que te puede hacer el mundo, has de usar de tres cautelas. Primera cautela. La primera es que acerca de todas las personas tengas igualdad de amor e igualdad de olvido, ahora sean deudos ahora no, quitando el corazón de éstos tanto como de aquéllos y aun en alguna manera más de parientes, por el temor de que la carne y sangre no se avive con el amor natural que entre los deudos siempre vive, el cual conviene mortificar para la perfección espiritual. Tenlos todos como por extraños, y de esa manera cumples mejor con ellos que poniendo la afición que debes a Dios en ellos. No ames a una persona más que a otra, que errarás; porque aquel es digno de más amor que Dios ama más, y no sabes tú a cuál ama Dios más. Pero olvidándolos tú igualmente a todos, según te conviene para el santo recogimiento, te librarás del yerro de más y menos en ellos. No pienses nada de ellos, no trates nada de ellos, ni bienes ni males, y huye de ellos cuanto buenamente pudieres, y si esto no guardas, no sabrás ser religioso, ni podrás llegar al santo recogimiento ni librarte de las imperfecciones. Y si en esto te quisieres dar alguna licencia, o en uno o en otro te engañará el demonio, o tú a ti mismo, con algún color de bien o de mal. En hacer esto hay seguridad, y de otra manera no te podrás librar de las imperfecciones y daños que saca el alma de las criaturas. Segunda cautela. La segunda cautela contra el mundo es acerca de los bienes temporales; en lo cual es menester, para librarse de veras de los daños de este género y templar la demasía del apetito, aborrecer toda manera de poseer y ningún cuidado le dejes tener acerca de ello: no de comida, no de vestido ni de otra cosa criada, ni del día de mañana, empleando ese cuidado en otra cosa más alta, que es en buscar el reino de Dios, esto es,…
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  • Las cinco épocas de la vida religiosa
    I. De los quince a los veinte años: época de la docilidad Durante este período de la vida, el joven es cera blanda que admite con facilidad todas las huellas, todos los moldes. Es la edad en que necesita más dirección y cuidados asiduos, pero también en que es más fácil guiarle, porque su fe y confianza en los superiores son perfectas. ¡Ay del superior que, por ligereza de conducta, haga perder al súbdito semejantes sentimientos, precioso amparo de su virtud! De los quince a los veinte años, el novicio estudia prácticamente la vocación, conoce el Instituto, debe ser probado La época de los quince a los veinte años es, para el novicio, la de las recias luchas y tentaciones. En cuatro de éstas necesita especialmente dirección y ayuda (solo recogemos dos): 2.a El hastío de la oración. Insístase mucho en que no permanezca ocioso durante la oración mental; oblíguesele a ocuparse en ella reflexionando o rezando vocalmente, recordando la presencia de Dios, o al menos leyendo algún libro que se le haya indicado. Recuérdesele con frecuencia la fidelidad a la gracia y a las cosas pequeñas. Lo están pidiendo tres razones poderosas sobre las que nunca se insistirá bastante ante los religiosos jóvenes: a. La fidelidad a la gracia y a los detalles preserva del pecado venial, que es la causa más común de la ruina de la piedad. b. Los triunfos menudos que el religioso joven alcanza sobre sí mismo para observar la regla, ser fiel a la gracia y evitar faltas leves, le preparan para los combates mayores, los actos heroicos de virtud, y le preservan del pecado grave, que es la muerte del alma, de la vocación y de la piedad. Don Bosco: Medios positivos para conservar la castidad: oración, evitar el ocio, frecuentar los Santos Sacramentos y ser cuidadoso en las cosas pequeñas. (Don Bosco, lx, 708) c. Por otra parte, todo acto de virtud, por pequeño que sea, merece una nueva gracia. El que practica esa fidelidad, consigue la piedad, el fervor y una mayor participación del espíritu de Jesucristo, y va creciendo en virtud cual árbol plantado junto a las aguas. 4° El desaliento. Es una de las tentaciones más comunes: pocos jóvenes se ven libres de ella. El demonio del desaliento es muy astuto: se infiltra en el alma y penetra por todas sus facultades. Reviste todas las formas: la del vicio, la de la virtud, incluso la de la humildad, ya que las más de las veces uno se desalienta con el pretexto de la incapacidad. El desaliento es tentación peligrosísima. Es para el alma lo que la parálisis para el cuerpo: la hiere en todas sus facultades y le hace imposible la lucha contra las tentaciones. Engendra temor exagerado, tristeza, desgana y tedio: enfermedades, todas ellas, que arruinan y matan la piedad, la alegría santa, la confianza en Dios y el espíritu filial. El desaliento es la tentación de Judas y de todos los réprobos. Por eso, el padre Caraccioli,…
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  • LOS RELIGIOSOS FRENTE A LA OBEDIENCIA
    La humildad, disposición previa del verdadero obediente. ¿Cómo debe proceder el que quiere entrar en la nave de la perfecta obediencia? Debe poseer la luz de la fe, con la que debe matar la propia voluntad, odiando su propia pasión sensitiva y tomando por esposa la verdadera y pronta obediencia, con su hermana, la pacien­cia, y la nodriza de la humildad. Si no tuviese esta nodriza, la obediencia perecería de hambre, porque en el alma don­de no hay humildad, la obediencia muere pronto. La humildad no está sola, sino que tiene consigo la sirvienta de la modestia, del desprecio del mundo y de sí mis­ma, que hace que el alma se tenga en poco, y no apetezca honores, sino afrentas. El religioso debe adquirir y conservar en sí esta perfección, tomando pronta y alegremente la llave de la obediencia. Esta llave abre el postigo o puertecita que hay en la puerta del cielo, como sucede en las puertas que tienen postigo. La fe les hace descubrir los males que de la desobediencia les vienen Los verdaderos obe­dientes ven que con la carga de las riquezas y el peso de su voluntad no podrán pasar por este postigo sin gran fatiga ni sin peligro de perder la vida, y ven que no podrán pasarla con la cabeza alta sin riesgo de rompérsela; de ahí se desprendan de sus riquezas y de la propia voluntad, eligiendo la pobreza. Si no observasen el voto de pobreza voluntaria, faltarían a la obediencia, y caerían en la soberbia, que les hace llevar alta la ca­beza de su voluntad. Y si debiendo obedecer, no inclinan su cabeza con humildad, sino que la bajan a la fuerza, cumpliendo lo que le mandan con desagrado, poco a poco, se verán caídos también en el otro voto, quebrantando la continencia. Porque el que no tiene ordenado su apetito ni se ha despojado de sus bienes temporales, siempre halla amigos con quien conversar, que le quieren para su propio provecho. De estas conversaciones pasan a las amistades íntimas y a recrearse en placeres, porque no tienen humildad y carecen del menosprecio de sí mismos. Viven regalada y delicadamente, no como religiosos, en vigilias y oración, sino como señores. Estas y otras muchas cosas les suceden porque tie­nen dinero para gastar; que, si no lo tuvieran, no les sucedería esto. El obediente domina su sensualidad y descubre a todos sus enemigos Por esto el perfecto obediente se levanta sobre sí y domina su propia sensualidad, echando fuera al enemigo del amor propio, porque no quiere que sea ofendida su es­posa, la santa obediencia, a la que se unió por la fe. De este matrimonio nace el vivir las santas costumbres y observancias de la orden, y las virtudes verdaderas: la paciencia, la humildad y el desprecio de sí mismo. El alma queda con paz y sosiego, porque ha arrojado afuera a sus enemigos. ¿Cuáles estos enemigos? El principal es el amor propio, origen de la soberbia. Después están la impaciencia, la…
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  • LOS VOTOS RELIGIOSOS ‘Nudo de relaciones’
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    Decía Antonine de Saint-Exupéry “El hombre no es más que un nudo de relaciones. Sólo las relaciones cuentan para el hombre”[1] y si esto es verdad, lo es porque él, es imagen de Aquél que es relación por antonomasia, es decir nuestro Creador. De hecho, cada divina Persona es una relación subsistente. «En efecto, “en Dios todo es uno, excepto lo que comporta relaciones opuestas”[2]. Por otra parte el «“Padre”, “Hijo”, “Espíritu Santo” no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: “El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo”[3]. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede”[4]. La Unidad divina es Trina»[5]. Existe entonces, podríamos decir un “Nudo Trinitario” que “es el misterio de Dios en sí mismo”[6] de ahí que «la distinción personal del Verbo con el Padre y el Espíritu Santo nos impele a que toda nuestra vida lleve la impronta trinitaria, que es el máximo misterio de Dios, es plenitud del hombre y es “la sustancia del Nuevo Testamento”, en la que los hombres por medio del Hijo hecho carne tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Debe ser un timbre de honor el confesar “la distinción de las personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”[7]»[8]. Por otra parte a la pregunta ¿Qué es ser hombre? Recordemos la respuesta del aviador francés “El hombre es un nudo de relaciones”. Es decir, lo que nos define son los vínculos con la realidad, que son invisibles. Y lo que construye nuestra realidad humana es cómo nos relacionamos con el mundo con los demás y con Dios. Todo depende de nuestras relaciones: La vida, la muerte, la familia, los amigos, etc. De ahí que Saint-Exupéry escribía “Lo que causa tus sufrimientos más graves es lo mismo que te aporta tus alegrías más altas. Porque sufrimientos y alegrías son frutos de tus lazos”. Estos lazos son los que nos hacen “ser”. Pero no sólo en las relaciones humanas, sino también los lazos que establecemos con los bienes materiales, con la tradición y sobre todo con Dios. «Origen primero y fin último de todo cuanto existe. Principio y fundamento, en especial, de todo hombre y mujer creados a su imagen y semejanza»[9]. Ahora, el hombre, como afirmó el Concilio Vaticano II, «no puede encontrar su plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Entonces, se sigue que el amor es la vocación humana y todo nuestro comportamiento, para ser verdaderamente humano, debe manifestar la realidad de nuestro ser, realizando la vocación del amor. Como escribió Juan Pablo II: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser…
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  • Mi vieja sotana
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    Hay ocasiones en la vida en las que uno quiere reflexionar... Es como si los mismos sentimientos que se estorban por salir desde lo más secreto del corazón anhelaran escapar… El problema de estas explosiones es el desorden lógico que conllevan. Posiblemente muchos al leer estas líneas queden perplejos por el tema abordado, y hasta consideren una soberana pérdida de tiempo cada uno de los presentes renglones. Y tal vez tengan razón…
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  • Murmuración en los religiosos
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    “El que anda murmurando divulga secretos, no te juntes con gente chismosa” (Prov. 20,19) Tal vez uno de los enemigos más grandes y destructivos dentro de la Iglesia de Jesucristo son los pecados de la lengua. Muchos cristianos caen en este mal que conduce a malos puertos. Y, lamentablemente, tenemos que decir que también estas prácticas son uno de los cánceres de la vida religiosa. El Apóstol Santiago nos dice: “Si alguno no cae al hablar, ése es un hombre perfecto, capaz de refrenar todo su cuerpo[1]”. De modo que podemos decir que pone en las antípodas los pecados de la lengua a la verdadera vida de santidad. Nosotros, cuando nos hicimos religiosos tomamos la decisión de renunciar a muchas cosas; y en algunos casos se abandonaron cosas realmente grandes. Era la voluntad de Dios, la cual fue seguida con alegría y sacrificio. Sin embargo, el demonio, enemigo mortal de nuestra humana naturaleza, no podía quedarse con los brazos cruzados, y buscó medios para que fuéramos perdiendo el centro. Así es que luego de aparecer a nuestra vista los defectos del prójimo, que puede ser mi compañero, súbdito o superior, procuró que esos defectos se mostraran más grandes de lo que realmente eran, y por detenernos en un árbol quedó oculto a nuestros ojos el bosque que silencioso crecía. Nunca estará de más recordar que Dios detesta el chisme y la murmuración, y en la biblia hay grandes juicios y consecuencias para estos males. Citemos simplemente algunos pasajes: 19,1: “Más vale ser pobre y honrado que necio de labios retorcidos”. 18,2: “Al necio no le gusta la prudencia, sino manifestar su opinión”. 19, 16: “No andes difamando entre los tuyos”. 6, 16.-19: “Seis cosas detesta Yahvé, y siete aborrece con toda el alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos manchadas de sangre inocente, corazón que trama planes perversos, pies ligeros para correr hacia el mal, testigo falso que levanta calumnias y EL QUE SIEMBRA DISCORDIA ENTRE LOS HERMANOS”. 26:20: “Cuando falta la leña, se apaga el fuego, donde no hay chismosos se acaban las riñas”. Sabemos que la murmuración y el chisme le quitan el lugar a la evangelización. Pues donde se habla de los hombres y de sus defectos no hay lugar para el mensaje de Cristo en toda su plenitud. Es por esto, que en medio de estas ideas tal vez un poco desordenadas, es bueno recordar que vinimos a seguir a Jesucristo, y no a escandalizarnos de las obras de los otros. Incluso cuando nos tocase vivir entre religiosos que no se preocupan de su consagración no por eso debemos dejar de hacer lo que nos corresponde, que es nuestra propia santificación. El religioso ignorante de los sucesos de su entorno, pero aplicado a su vida interior está ciertamente mucho más cerca del cielo que el metiche, quien sabe mucho, pero le sirve poco. Recordemos a San Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas interiormente[2]”. De aquí…
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  • Obediencia y humildad de Jesucristo
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     Quiero detenerme en este día en un párrafo de la Carta a los Hebreos: “«Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios», a pesar de que están prescritos por la Ley. Y luego añade: «Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad»[1]”. Los “sacrificios y holocaustos” de los que habla, se refiere al culto que se ofrecía en el Antiguo Testamento para obtener de Dios el perdón de los pecados, sacrificios en donde se inmolaban ciertos animales. Pero si dice que Dios no aceptaba estos sacrificios, es porque realmente no eran capaces de obtenernos la salvación. Por eso es que Cristo exclama: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. De ahí que el texto de la Carta a los Hebreos termine afirmando: “Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre”. Cristo cumple con la voluntad de Dios y nos obtiene la salvación. En este ejemplo de Jesucristo vemos la clase, la “talla” de miembros (religiosos y laicos) que nuestra Familia Religiosa necesita: Ante todo, necesitamos miembros obedientes, obedientes a la voluntad de Dios que resuena en el corazón de cada hombre, obedientes a los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, obedientes a la enseñanza oficial de la Iglesia, obedientes en todo a los que nos pidan nuestros Superiores legítimos… una obediencia tal, que sean capaces hasta de cambiar el pensamiento, cuando se trate de un pensamiento que esté en contra del pensamiento de nuestros superiores. Necesitamos miembros humildes, que no se apoyen en sus propias fuerzas, y que mucho menos atribuyan a sus capacidades y aptitudes los frutos de la misión. Humildad que les haga reconocer que todo viene de Dios. ¡Cuánto bien realmente hace, por ejemplo, un sacerdote humilde, y, por el contrario, cuánto mal hace la soberbia en el sacerdote! ¡Cuánta edifica ver fieles laicos humildes, cuánto atrae esta virtud a los que están alejados! Necesitamos miembros con espíritu de sacrificio, pero no solamente para ir a aquellos lugares que sean difíciles, porque el sacrificio no se vive solamente en las misiones llamadas “emblemáticas”, sino que se vive sobre todo cuando hay una voluntad dispuesta a ir a donde los Superiores los envíen, incluso a donde no les guste. Los laicos vivirán este espíritu de sacrificio cuando sepan renunciar a sus propias comodidades por el apostolado. ¡Cuántos jóvenes “tranquilos” en sus proyectos personales…! Necesitamos miembros pobres, es decir desprendidos, que no sean comerciantes ni codiciosos, que busquen, mientras se pueda, lo más incómodo, lo de menos valor. Con una pobreza incluso que se note, que se vea y que se sienta. También aquí, necesitamos sacerdotes que comprendan cuánto daño hace a las almas sencillas el sacerdote amante de las riquezas y del dinero. Necesitamos miembros con virtudes humanas fundamentales. Qué despreciable se vuelve el sacerdote chabacano, irrespetuoso, con falta de buenos modales. El Verbo Encarnado asumió una naturaleza humana perfecta, por eso también cada…
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  • Perder la vocación
    En una oportunidad San Marcelino les habló los hermanos sobre el tema de la vocación, ya que le preguntaron si se podía perder la vocación. Y el santo les hizo una distinción, les dijo: "Fallar la vocación, perder la vocación, apostatar la vocación, y ser infiel a la vocación, son cosas muy distintas ". Fallar la vocación Es ignorar los designios de Dios sobre uno. Es cuando alguien no conoce lo que Dios quiere de sí o se equivoca en lo que cree que Dios le pide. Hay jóvenes buenos que se quedan en el mundo porque no saben lo que es la vocación, o nadie les predicó, o nunca conocieron una casa religiosa. Pero muchos de ellos no lo conocieron pero desearon vivir bien, y esa buena disposición suplirá en ellos la vocación que no pudieron seguir por falta de conocimiento. Perder la vocación Es abandonarla antes de ser religiosos por los votos. Después de conocerla suficientemente y de formar parte de alguna comunidad. Es no haber sabido o querido cultivar, entretener, afianzar y conservar la vocación recibida. Es dejar sin producir el talento que Dios nos dio. Es dejar de corresponder a la vocación recibida y que ya se había abrazado y merecer que Dios nos quite esta gracia por las siguientes causas: Abuso de la gracia y menosprecio de las cosas pequeñas Pasión desordenada por algo Incumplimiento del reglamento Negligencia y descuido de los ejercicios de piedad Tentaciones violentas y graves y repetidas faltas El desaliento, "que es la causa más frecuente" Una sola de estas causas puede ser suficiente para perder la vocación. La pérdida de la vocación conlleva consecuencias gravísimas: Vida desgraciada: Es como un miembro del cuerpo que está dislocado, hace sufrir a todo el cuerpo y siempre está mal. El joven que no está donde Dios quiere. Una cadena interminable de faltas: El que abandona la vocación y se entrega al mundo, en todo encuentra ocasiones y peligros. Encontrará dificultades aún en las cosas más pequeñas. "Tres cosas muy funestas siguen a la pérdida de la vocación: la privación de gran número de gracias, una espantosa cadena de pecados, y la condenación casi segura". El desaliento en todas las empresas. Todo lo que emprenda le saldrá mal. Se desalentará en las dificultades. Porque resistió a Dios y no puede encontrar en él su Emprenderá de todo, y tropezando en todo, no levará nada a feliz término. Ejemplo de la Virgen a Santa Catalina de Suecia, hija de Santa Brígida, que estaba muy tentada de dejar la vocación. La mamá rogó por ella y a la noche Santa Catalina vio el mundo todo envuelto en llamas, y se encontraba ella rodeada de fuego por todos lados. Estando en este apuro vio a la Virgen y sin poderse contener le suplicó: ¡Ayúdame, oh santa Madre de Dios! Y la Virgen le respondió: ¿Cómo? Con menosprecio de tu vocación intentas irte al mundo, en medio de todos los peligros, quieres meterte intencionalmente en estas llamas, ¿y…
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  • Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios
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    Sobre la “muerte y soledad del monje” Jason Jorquera M. “Toda la vida de los religiosos debe orde­narse a la contemplación[1] como elemento constitutivo de la perfección cristiana; sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar, recogiéndose realmente en la soledad…”[2]. Ésta ha sido la misión de los monjes, quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente, pues proclaman con su vocación y género de vida que Dios es todo y que debe ser todo en todos[3].” Directorio de Vida Contemplativa La vida contemplativa, al igual que cualquier otro estado de consagración, siempre guardará un aspecto de misterio. Y es que nunca se podrá explicar totalmente con palabras humanas aquel binomio divino-humano entre el “llamado de Dios” y el correspondiente “sí” de un alma a este estilo de vida del todo particular, cuya riqueza absoluta ha de ser el mismo Dios, a quien el monje dedica toda su existencia como “adelantándose” a la contemplación perenne del Paraíso celeste, aunque con las necesarias cruces de nuestra actual condición de viadores, las cuales abraza por amor al Crucificado que ha decidido seguir de cerca. Cuando hablamos de vida monástica, necesariamente hablamos de oración, pero también de silencio, soledad y muerte, todo lo cual tiene un profundo sentido espiritual que va como marcando el ritmo mismo de la oración, a la vez que de ella se nutre para poder profundizar así la unión con el Creador. Me explico: para rezar se necesita del silencio exterior en lo posible, pero siempre buscando el imprescindible silencio interior que permitirá al alma oír mejor la voz del Todopoderoso que lo invita a dialogar con Él; y lo mismo se diga respecto a la soledad, entendida como apartamiento de las disipaciones para tratar a solas con Dios, la cual también contribuye y se beneficia de la oración. Y finalmente la muerte, pero ¿qué muerte?, pues –llamémosla- una “muerte vívida”, es decir, activa, batalladora; en lenguaje espiritual un continuo morir a sí mismo, al egoísmo, el amor propio, a los defectos, al pecado, etc., lo cual es una condición necesaria para progresar en dicha contemplación con Dios. Morir, entonces, al mundo para vivir en soledad con Dios ha de ser la impronta propia del monje, que quiere imitar al Cristo orante, modelo perfecto del contemplativo; y que busca identificarse con las palabras que escribiera el apóstol de los gentiles: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.” Porque habéis muerto… No hablamos aquí, obviamente, de la separación del cuerpo y el alma, sino de una nueva y amorosa disposición del alma que se entrega a Dios en la vida monástica para dar origen a un “nuevo existir”, es decir, como a un nuevo ser transformado a la luz de la gracia divina, fruto de la constante renuncia a sí mismo que ha de regir toda la ascesis del monje; porque la renuncia –que es este “morir”- implica el ineludible combate por sepultar al…
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  • Religioso, vales demasiado!!!
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    La multiplicación de los panes Introducción La pusilanimidad es la gran dificultad en el plan de cooperación. "Yo no valgo nada". Desaliento. "¡Lo mismo da que haga o que no haga! Nuestros poderes de acción son tan estrechos. ¿Vale la pena mi modesto trabajo? ¿Qué significa mi abstención? Si yo no me sacrifico, ¡nada se cambia! No hago falta a nadie... ¿Una vocación más o menos? ¿Lo mismo que un voto más o menos?". Cuántas vocaciones perdidas. Es el consejo del diablo, que tiene parte de verdad. Hay que encarar la dificultad: según San Ignacio: sibi obiciant... quiere que nuestros estudiantes ¡sólo a la verdad se rindan!
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  • Religiosos del IVE
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    Con una bocanada de espeso incienso, embebiendo el ambiente en dulce perfume de rosas, se eleva al cielo, lenta y graciosa, la entrega total que hace el religioso. La profesión religiosa es el mayor acto de libertad posible después del martirio, pues uno por deseo propio, usando la mayor de sus potencias, y en ella subordinadas todas las otras, se entrega a Dios, su Señor, alcanzando con esto, si la entrega es radical, el perfeccionamiento óptimo de sus potencias, lo cual representa la realización de la voluntad sublime de su Señor. Hemos sido hechos para Dios, ¿y qué mejor modo de cumplir este precioso fin que el arrojarse en sus manos?, como el cordero que mansamente se acerca a las manos de su pastor, para ser llevado por Él a la perdida presencia de su madre. Pues es Él quien dirige nuestra barca a la patria celeste, que se encuentra allá, a lo lejos, después de las agitadas aguas de este mundo. ¡Somos religiosos, es decir, creaturas libres, en las manos de Dios por nuestra propia voluntad, nos hemos introducido en la senda angosta, que puede ser incómoda por momentos, pero que conduce directamente al Reino esperado! ¡Somos religiosos, mas no cualquier tipo de religiosos, pues nuestra esencia es ser los pobres, los castos y los obedientes del Verbo Encarnado, lo cual habla de una impronta, de algo que nos distingue, pues en el rebaño de Dios hay muchas ovejas, pero no todas son iguales! ¡Somos religiosos y por tanto ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, hasta la última, a ejemplo de Cristo que todas las ofreció a Dios, incluso la postrera cuando parándose en el clavo que sujetaba sus pies al madero gritó: “En tus manos encomiendo mi espíritu”! Somos ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, pero no para cualquier cosa, sino para no ser esquivos a la aventura misionera, a la posibilidad de ser injuriados, despreciados, insultados, maltratados y hasta matados después de crueles tormentos de años. Para no ser esquivos a inculturar el evangelio en la diversidad de las culturas, pues no nos puede frenar la distinción de lenguas, si vamos con el Dios que creó esa distinción en Babel; ni la distinción de razas si llevamos la gracia que a todos nos hermana en Cristo, ni la condición social, si el Señor nos ha hecho todo en todos. Para prolongar la Encarnación del Verbo en todo hombre, todo el hombre y todas las manifestaciones del hombre, pues Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios, comunicándonos su vida, ya que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y como sobreabunda debemos compartirla con aquellos que aún no han tenido la misma suerte que nosotros, dado que si gratis hemos recibido, gratis debemos dar, y si por nosotros Cristo ha muerto, por los demás también nosotros tenemos que morir, pues el prójimo se identifica misteriosamente con Cristo. Para asumir todo lo auténticamente humano y elevarlo al plano sobrenatural y eterno. Para ser…
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  • Si conocieras...
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    SI CONOCIERAS... (Jn 4, 10) Un rato de intimidad ¿Quieres, sacerdote mío, que echemos un rato de conversación aquí en mi Sagrario? De corazón a corazón. ¡Nos hace tanta falta a los dos ese ratito! A tí, para fortalecerte, orientarte y hacerte más bueno; a mí, para endulzar mis horas de abandono, para gozarme en hacerte bien y por ti a muchos hijos tuyos y míos y a los dos para desahogarnos y consolarnos mutuamente... Porque la verdad es que quien dice Corazón de Jesús o corazón de sacerdote, dice penas, ingratitudes muy negras, de espinas muy punzantes, de hieles muy amargas. ¡Mira que llueven dolores sobre nuestros corazones! Yo desde mi sagrario y tú desde tus ministerios podemos todavía repetir la queja y la pregunta del profeta: O vos omnes qui transitis per viam, attendite et videte si est dolor sicut dolor meus. (Lam 1, 12). Las penas de los dos amigos En verdad que no hay en la tierra dolor como nuestro dolor. Y, ¡qué! ¿hemos de ser hermanos en el padecer y no en el desahogarnos? ¿Nos han de unir las desolaciones y no los consuelos? Y mi Corazón, a pesar de las hieles que lo inundan, ¡los tiene guardados tan ricos y suaves para sus sacerdotes! Sí, sí, sacerdote mío, nos hace mucha falta a los dos el rato de de conversación a que te invitaba. Tenemos que hablarnos los dos, ¡los dos!, ¿te enteras? Tú me hablas y yo seré todo oídos para escuharte, y cuando te hable, calla tú y manda callar todo lo que levante ruido en tu corazón. Y hemos de hablarnos en mi Sagrario, ¡no faltaba más! ¡Si para eso he hecho el Sagrario! ¡Si para que en todo el orbe pudieran mis hijos hablar y estar conmigo he hecho tu sacerdocio! ¡Como que tu sacerdocio se ha creado para perpetuar mis sagrarios en la tierra! De modo, ¡que en nuestro sagrario! Una queja Déjame que preceda a nuestra conversación una queja que tengo de muchos de mis sacerdotes. ¡Los veo muy poco por mis sagrarios! Los veo en las bibliotecas y en las aulas aprendiéndome, en los púlpitos y en la propaganda enseñándome, los veo en diversidades de lugares haciendo mis veces, los veo también ¡qué pena! en los lugares en los que no tienen que aprenderme, ni hacer nada por Mí.... y, sin emabargo, por mis sagrarios, ¡los veo tan poco! y a ¡tan pocos! ¿Verdad que tengo motivos para quejarme? ¡Si conocieras...! ¡Si conocieras, sacerdote mío, lo que se aprende leyendo libros, estudiando cuestiones, esaminando dificultades a la luz de la lámpara de mi Sagrario! ¡Si supieras la diferencia que hay entre sabios de biblioteca y sabios de sagrarios! ¡Si supieras todo lo que un rato de sagrario de de luz a una inteligencia, de calor a un corazón, de aliento a un alma, de suavidad y fruto a una obra! ¡Si supieras tú y todos los sacerdotes el valor que para estar de pie junto a todas…
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  • ¡Cuidado Religiosos!
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    La agitación en la que voluntariamente se ha sumergido nuestro mundo de hoy es una de las señales más claras de que algo no anda bien. El ser humano puede ser trabajador, pero la laboriosidad no tiene que quitarle la humanidad. El frenesí en el que viven tantos hombres de nuestros días nos habla de algo que no marcha por buena senda, de una parte de nosotros que se ha desequilibrado. El religioso de nuestros días, hijo como todo hombre de su tiempo, tiene que lidiar con este movimiento vertiginoso que atenta contra el mismo ser de su consagración. Hoy es el ruido constante de aparatos electrónicos, de actividades apostólicas, y de lazos innecesarios lo que lo aleja en muchas ocasiones de lo que el Señor en el Evangelio llamó “lo verdaderamente importante”. Sin embargo, aunque el hombre se haya llenado de nuevas ocupaciones importantes o no, Dios no ha cambiado. Él se mantiene inalterable, siendo todavía hoy el Dios que habla desde el silencio. De tal manera que en sus elecciones diarias todo religioso debe enfrentarse a una que es medular para todas las otras, o Dios o el torbellino de nada. El Cardenal Robert Sarah, un apóstol de las verdades esenciales, en su magnífico libro “La fuerza del silencio” dice que « El silencio no es una ausencia; al contrario: se trata de la manifestación de una presencia, la presencia más intensa que existe. El descrédito que la sociedad moderna atribuye al silencio es el síntoma de una enfermedad grave e inquietante. En esta vida lo verdaderamente importante ocurre en silencio. La sangre corre por nuestras venas sin hacer ruido, y solo en el silencio somos capaces de escuchar los latidos del corazón»[1]. Y más adelante dirá: « El claustro materializa la fuga mundi, la huida del mundo para encontrar la soledad y el silencio. Representa el fin del tumulto, de la luz artificial, de las tristes drogas que son el ruido y la codicia de poseer cada vez más bienes, para mirar al cielo. El hombre que entra en un monasterio busca el silencio para encontrar a Dios»[2]; cosa que evidentemente se aplica a todo tipo de religioso, no sólo a los monjes. Son estas verdades las que nos tienen que llevar a vivir manteniendo encendida la luz de alerta, pues el ambiente en el que como religiosos debemos estar insertos atacará lo esencial de nuestra consagración, que es el ser “lo hombres de Dios”. Cuidemos este don sagrado del “retiro o silencio religioso”, pues es el medio que nos conduce a Dios. No olvidemos que el fin de nuestra consagración es encontrar a Dios. Es por todo esto que concluimos esta breve reflexión con un consejo tomado de aquel libro generador de santos llamado “Imitación de Cristo”: «Busca tiempos aptos para examinarte y piensa con frecuencia en los beneficios de Dios. Deja las curiosidades. Medita aquellos temas que te den compunción más que ocupación. Hallarás tiempo suficiente y oportuno para dedicarte a buenas meditaciones si te…
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Todo en uno

  • Como la gota en el cáliz
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    El día de nuestra profesión religiosa entregamos nuestras vidas como ofrenda agradable al Padre para consagrarlas completamente a su servicio, convirtiéndose desde aquel instante en oblación y víctima de suave aroma que sube hasta el cielo y perfuma eternidad… ¿Cómo describir esta siempre misteriosa y maravillosa consagración?; se me ocurre una figura tan profunda y tan significativa que no bastaría la brevedad de una página para describirla, pero en atención a la situación trataré de expresarme sucintamente. La profesión de los votos me hace evocar inmediatamente aquella pequeña gota de agua que cada día, cada uno de nosotros, pone en el cáliz al prepararlo para que, dentro de unos instantes, pueda contener la siempre copiosa Sangre de Cristo, que no cesa de fluir hasta el fin de los tiempos en busca de las almas que desea empapar junto con ella de su infinita misericordia. Aquella pequeña gota se une como la humanidad al santo sacrificio, a una sangre que clama mejor que la de Abel en favor de los hombres, a una sangre divina que ha venido a desposarse con la naturaleza humana para redimirla… la profesión de los votos nos hace de algún modo mezclarnos con la Sangre Redentora que fluye desde el madero hacia las almas. Como la gota en el cáliz los sagrados votos nos hacen adentrarnos de tal manera en el designio divino que nos hacemos indisolublemente uno con la voluntad divina manifestada en el fiel cumplimiento de nuestras constituciones… al menos para eso los profesamos; la diferencia es que en el cáliz la pequeña gota una vez mezclada no puede salir más, en el religioso en cambio, sí, cada vez que su voluntad quiera arrebatarle a Dios sus derechos, pues conserva su libertad… pero no profesamos para eso sino para dejarnos confundir con la voluntad divina haciendo de la nuestra una sola con ella… entregar el alma a Dios ya en esta vida, eso son los votos, he aquí el gran don que se nos ha hecho. Fue el mismo Dios quien tomó en sus manos nuestra entrega: Dios aceptó nuestro holocausto, Dios nos impregnó de su misericordia, Dios nos envía a combatir a cada uno desde un lugar estratégico en su iglesia… será distinto, será variado, será lejano, pero siempre será “nuestro lugar de combate”: a veces desde los ambones, otras a los pies del sagrario, algunas desde los confesionarios, otras en la penumbra de la noche o a la débil luz del alba con un rosario entre las manos, quién sabe, Dios sabe… donde sea y como sea, la pequeña gota en el cáliz estará mezclada con la sangre del Verbo eterno que aceptó gustoso nuestra entrega para llevarla Él mismo a buen término. La obra siempre es suya, nosotros sólo tenemos dos alternativas: contribuir con nuestra docilidad u obstaculizar con nuestra infidelidad. María santísima sea el timón de nuestra barca y la Cruz el cáliz precioso que contenga la sangre del Cordero junto con la pequeña gota de nuestra profesión, que se…
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  • El amor de los Santos Pedro y Pablo
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    Celebramos ya en este día la Misa de la Vigilia de los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo. Son ellos las cabezas de la Iglesia, las columnas. De hecho su nombre de príncipes significa eso: gente de principios, los primeros y también los principales. El Evangelio de este día nos daba en la figura de San Pedro la clave de interpretación de estas dos vidas entregadas absolutamente en todo al servicio del Señor Jesús. La triple pregunta de Cristo sobre el amor de Pedro encuentra una segura y humilde respuesta. Ya no es la respuesta segura y soberbia del Pedro de antes de la Pasión. Sino una respuesta firme, pero humilde. Como quien dice: “te amo, y quiero servirte en todo y hasta el final, aunque tengo bien en claro lo débil que soy. Es el amor lo que nos permitirá entender a estos hombres. Ellos se han convertido en estrellas refulgentes para la Iglesia, cosa que brota de un amor ardiente a su Maestro. Así los que tan diferentes se mostraron en su vida se vieron unidos por un común amor. Pedro era de cuna humilde, de la despreciada Galilea, ciudad de incultos. Pablo era de buen pasar, de la esplendente Tarso, cuna de la cultura en su zona. Pedro estuvo con el Mesías el tiempo de su vida en la tierra, Pablo lo conoció sólo por la predicación de Esteban y Ananías. Pedro fue en su primera época un hombre impulsivo pero falluto, Pablo siempre buscó servir a Dios, aun cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Pero, más allá de tantas diferencias, el común amor a Cristo los constituyó en jefes de la naciente Iglesia: uno en cuanto cabeza de la misma, otro en cuanto instrumento elegido por Dios para llevar la buena nueva a los gentiles. Tanto se habla de amor en nuestros días a la vez que ese amor brilla por su real ausencia. Pedro entendió lo que significaba amar a alguien, y amó con todas sus fuerzas. Pablo, el hombre que no sabía de otra cosa que de amores apasionados al encontrar el amor de Dios permitió que ese amor lo desgarrase. Tuvieron un amor auténtico, ese amor del que no se habla, sino que simplemente se lo vive. Ese amor que crea fuerzas para afrontar lo que venga, sin importar qué sea. Ese amor al que viéndolo de lejos se le teme, pues te hará sufrir necesariamente. Basta mirar por arriba un poco sus vidas. Fueron hombres perseguidos, despreciados por su amor. Y ellos, en vez de acobardarse y dejar a su amado, más se fortalecían de día en día. A tal punto llegó ese amor que Pedro luego de ser azotado salía contento de haber sido hallado digno de sufrir algo por Cristo, y Pablo, no encontraba más gloria que en sus sufrimientos, en ser tenido, como él mismo decía, como desecho del mundo. No podemos menos que admirarnos de amores tan apasionados. Amores verdaderos. Amores sin placeres. Amores…
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  • El celo de tu casa me devora
    Cumplimos[1] 13 años de Ordenación[2] gracias a Dios y a Su Madre. Gracias a tantas almas buenas que desde sus lugares rezan, trabajan y ofrecen a Dios obras dignas que nos obtienen, por Su Misericordia, la gracia siempre inmerecida de la perseverancia. Quiero referirme a lo que indico en el título "El celo de Tu Casa, Señor, me devora" (Sal 69, 10; Jn 2, 17). Bien entendido, en su sentido más preciso, el celo es un aspecto del verdadero amor, el celo busca el bien del amado y esto con tanta fuerza que devora el espíritu, enardece los afectos, consume el cuerpo. El celo por la Casa de Dios, es el ansia de que esa Casa, lugar del Banquete eterno, donde habita el mismo Dios, esté lleno. Celo que mueve a querer, eficazmente, la salvación de todos. En esto ocupamos nuestros días, en buscar almas para Él. En esto se nos va la vida, en tratar de cumplir Su Voluntad, pidiéndole noche y día que se salven todos. Esto no va contra el dogma católico. Sabemos que hay almas en el infierno y que, desdichadas, nunca podrán salir de allí, por libre elección de ellas mismas. Elección libre, eterna e invariable. Pero eso no obsta que, de ahora en adelante, nadie más caiga en el infierno. Es difícil, sí. Más aun, imposible para el ser humano. "Nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate". Es imposible para el hombre sin la ayuda eficaz de la gracia de Dios, pero no es imposible para Dios. Porque mientras hay tiempo, hay Esperanza y esta Esperanza nos exige esperar Dios de Dios. Es decir, esperar llegar al Cielo con el auxilio mismo de Dios y eso mismo esperamos para las almas que aun viven sobre esta Tierra: que lleguen a Dios con la ayuda de Dios.
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  • El celular en la vida religiosa ¿amigo o enemigo?
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    La vida religiosa en la Iglesia brilla por determinados elementos que son claves de la misma. Podemos nombrar, por ejemplo, la vida de oración, el trabajo apostólico, la vida comunitaria, la formación, la práctica de los votos. En esta ocasión quisiera detenerme en una creatura que ha irrumpido en la vida de los hombres hace pocos años ganándose un espacio importante en el caminar de cada día. Una creatura que ha logrado ganarse en la mayoría de las personas un papel de necesaria, y que por ello, también ha ingresado en las comunidades religiosas. No hablo de otra cosa que del celular.
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  • El ejemplo de seriedad de Marcello Morsella
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    “Porque queremos formar almas que maduren para el cielo” (1) En varias ocasiones hemos evocado la persona de Marcelo, pero especialmente hoy me parece más que oportuno, pues en el día que comenzamos formalmente el año lectivo él se nos presenta como un modelo acabado a seguir en nuestra formación integral, que no es otra cosa que la unión con Dios. En el día que los restos mortales de este “capitán triunfante” descansaron en el suelo de la “La Finca” el P. Buela pronunció unas bellísimas palabras, que concluyó con una poseía dedicada a este primer hijo espiritual que nació para el cielo. Con el corazón en la mano, declamó: «“Marcelito, ¡querido!; ¡mi dulce y querido y valiente, Marcelo!, olor a tierra mojada, perfume de azahares en espera, trino alegre de juguetones pájaros, acequia cargada de agua, cosecha a punto, trabajo bien hecho, rosal en flor» (2). Sin dudas que Marcelo -en palabras del propio P. Buela- fue “(Marcelito), ¡hijo de mi alma!” (3) de ahí que debamos buscar de imitarlo si queremos formarnos como auténticos hijos del Verbo Encarnado (IVE). Sabemos que un signo de madurez es la responsabilidad, es decir “dar respuesta” de nuestros propios actos, nuestras responsabilidades, nuestro estado etc. Marcelo en esto fue ejemplar, tal vez por eso su biógrafo también un día de Lectio brevis del 2016 decía «Marcelo fue, sobre todo, responsable. Responsable en sus relaciones familiares, en sus amistades, en su trabajo, en su estudio, en su apostolado, en su trabajo interior de la voluntad. Buscó hacer todo bien, porque ese es el único modo en que las cosas deben hacerse si se hacen por Dios» (4). Cuando tuvo que retrasar un año su ingreso al seminario por razones familiares, pues debía trabajar para ayudar a sus padres, Marcelo hizo lo posible por vivir ese tiempo como si ya fuese seminarista con grandes deseos de ingresar, incluso empezando a estudiar por su cuenta algunas cosas, quizá para ir ganando tiempo o para que esto lo ayudara a ser fiel a la palabra empeñada a Dios. Escribía en ese tiempo: “También estoy estudiando un poquito de latín, que también es muy interesante” (5). He aquí alguien que no perdía el tiempo. Destaca el P. Fuentes «Marcelo encaraba lo que hacía con un gran sentido de la responsabilidad. Como escribe en una notita de 1983: “la vida es un continuo tomar y dejar, partir y llegar. Y así será hasta la última Partida. Es fácil decir me voy, pero hay que hacerlo. Solamente pido a Dios, por medio de mi Madre, que me dé la fortaleza para hacer lo que tengo que hacer, aunque mucho me cueste” (6). Ojalá todos entendamos que hay que hacer lo que debemos hacer. Y punto». Decíamos que Marcelo era responsable en todo por eso tomaba muy en serio su formación. Por ejemplo, consideraba el estudio algo fundamental para prepararse al sacerdocio. Y se refiere a algunas conferencias a las que pudo asistir en el primer año de seminario como…
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  • El fundamento de nuestra vocación ‘Permaneced en mi amor’
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    ‘Permaneced en mi amor’ Nos dice Nuestro Señor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9) «No podrá el hombre escuchar jamás una noticia más alta que esta “buena nueva”, ni meditar en nada más santificante; pues, como lo hacía notar el Beato Eymard, lo que nos hace amar a Dios es el creer en el amor que Él nos tiene. Permaneced en mi amor significa, pues, una invitación a permanecer en esa privilegiada dicha del que se siente amado, para enseñarnos a no apoyar nuestra vida espiritual sobre la base deleznable[1] del amor que pretendemos tenerle a Él (Cf. Jn 13,36-38), sino sobre la roca eterna de ese amor con que somos amados por Él»[2]. El mismo Apóstol nos dice en su primera carta: “Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Por lo cual se puede ver que ‘Permanecer en el amor’: «No significa (como muchos pensarán), permanecer amando, sino sintiéndose amado, según vemos al principio de este versículo: hemos creído en ese amor. S. Juan que acaba de revelarnos que Dios nos amó primero (v. 1Jn 4,10)»[3]. En el Evangelio de hoy es Cristo mismo Quien categóricamente nos dice desde lo más profundo de su ‘corazón hipostático’[4]: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9). «También allí nos muestra el Salvador este sentido inequívoco de sus palabras, admitido por todos los intérpretes: no quiere Él decir: permaneced amándome, sino que dice: “Yo os amo como Mi Padre me ama a Mí; permaneced en mi amor”, es decir, en este amor que os tengo y que ahora os declaro (cf. Ef 3,17), que aquí descubrimos es, sin duda alguna, la más grande y eficaz de todas las luces que puede tener un hombre para la vida espiritual, como lo expresa muy bien S. Tomás diciendo: “Nada es más adecuado para mover al amor, que la conciencia que se tiene de ser amado”. No se me pide, pues, que yo ame directamente, sino que yo crea que soy amado. ¿y qué puede haber más agradable que ser amado? ¿No es eso lo que más busca y necesita el corazón del hombre? lo asombroso es que el creer, el creerse que Dios nos ama, no sea una insolencia, una audacia pecaminosa y soberbia, sino que Dios nos pida esa creencia tan audaz, y aun nos la indique como la más alta virtud. Feliz el que recoja esta incomparable perla espiritual que el divino Espíritu nos ofrece por boca del discípulo amado; donde hay alguien que se cree amado por Dios, allí está Él, pues que Él es ese mismo amor (…) Fácil es por lo demás explicarse la indivisibilidad de ambos amores si se piensa que yo no puedo dejar de tener sentimientos de caridad y misericordia en mi corazón mientras estoy creyendo que Dios me ama…
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  • El lugar de la Sagrada Escritura en nuestro derecho propio
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    “Ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación” 2Tim 3,15 «Imprimis vero Sacram Scripturam quotidie prae manibus habeant» Perfectae Caritatis, 6. «La Palabra de Dios (...) es en verdad la fuerza de nuestro Instituto (...)» Directorio de Espiritualidad, 238. «La Sagrada Escritura debe ser el alma de nuestra alma, de nuestra espiritualidad, teología, predicación, catequesis y pasto­ral. Debería poder decirse de nosotros lo que decía San Jeróni­mo de una persona conocida suya: “A través de la diaria lectu­ra y meditación de la Escritura, ha hecho de su corazón una biblioteca de Cristo”[1], pues para nosotros “la Palabra de Dios no representa menos que el Cuerpo de Cristo» Directorio de Espiritualidad, 239. El magisterio de la Iglesia en el último Concilio Ecuménico incita: «De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo”, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras»[2]. Por su parte, Pablo VI afirma en la Perfectae Caritatis: «En primer lugar, manejen cotidianamente la Sagrada Escritura para adquirir en la lectura y meditación de los sagrados Libros “el sublime conocimiento de Cristo Jesús” (Fil 3,8)»[3]. Y Benedicto XVI en su exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini: «También hoy, las formas antiguas y nuevas de especial consagración están llamadas a ser verdaderas escuelas de vida espiritual, en las que se leen las Escrituras según el Espíritu Santo en la Iglesia, de manera que todo el Pueblo de Dios pueda beneficiarse. El Sínodo, por tanto, recomienda que nunca falte en las comunidades de vida consagrada una formación sólida para la lectura creyente de la Biblia[4]»[5]. Fieles a la Tradición y Magisterio, nuestra minúscula, incipiente y querida familia religiosa encarnó en sus Constituciones como en nuestros Directorios el apremiante apelo de la Santa Madre Iglesia. En el presente artículo es nuestra intención evidenciar en los mencionados documentos del IVE el lugar de relevancia que ocupa la Sagrada Escritura. 1. La Sagrada Escritura en nuestras Constituciones Ya en las primeras páginas de nuestras Constituciones en la Parte I titulada: “Introducción: Nuestra Familia Religiosa. Principios Generales. Nuestro ‘Camino’” al tratar sobre el Apostolado dice: (16) De manera especial, nos dedicaremos a la predicación de la Palabra de Dios más tajante que espada de dos filos (Heb 4,12) en todas sus formas. En el estudio y la enseñanza de la Sagrada Escritura, (…). En la búsqueda y formación de idóneos ministros de la Palabra, en la publicación de revistas, tratados, libros, etc., y en otras cosas. Por el verbo oral y escrito queremos prolongar al Verbo. Luego en la Parte VII “Formación de los miembros” Capítulo 1. Dimensiones de la formación, en el 203 refiriéndose a la formación espiritual afirma: (203) La meditación fiel de la Palabra de Dios, por la cual conocemos los misterios divinos, y hacemos propia su valoración de las cosas. Esto es especialmente importante en orden al ministerio profético[6]. Por eso enseña el Concilio Vaticano II que todos los clérigos, especialmente los sacerdotes,…
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  • El reflejo silencioso
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    Esta sencilla reflexión surgió, efectivamente, a partir de un reflejo silencioso. Al referirme así, me parece mejor para ir desglosando paulatinamente el significado que tal impresión tiene para mí. El reflejo silencioso no es nada extraño al sacerdote, al contrario, le resulta tan familiar como dar la bendición con el santísimo sacramento puesto en la custodia. Es justamente ahí, en el vidrio de la custodia que protege la Hostia Consagrada, que se produce este maravilloso reflejo silencioso en que el sacerdote puede verse impreso a la vez que observa atentamente a través del diáfano cristal al mismo Verbo Eterno convertido en sacramento. Bien digo que este reflejo silencioso sea “maravilloso”, pues de alguna manera podemos decir que el sacerdote se ve reflejado en la misma hostia que han consagrado sus manos, que le ha dado todo el sentido a su existencia y que es el alma de su sacerdocio pues sin Eucaristía no habría sacerdocio…ni viceversa.
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  • El religioso y las constituciones
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    Las Constituciones en relación a la santidad y el apostolado del Religioso Introducción En un discurso dirigido a los participantes en la sesión plenaria de la Sagrada Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el Papa Juan Pablo II decía lo siguiente: “Me es grato confirmaros, ante todo, mi convencido aprecio por lo que representa el carisma específico de la vida religiosa en el conjunto del Cuerpo místico. Constituye en la Iglesia una gran riqueza: sin las Ordenes religiosas, sin la vida consagrada, la Iglesia no sería plenamente ella misma. En efecto, la profesión de los consejos evangélicos permite a quienes han recibido este don especial conformarse más profundamente a esa vida de castidad, de pobreza y de obediencia que Cristo eligió para sí y que María, Madre suya y Madre de la Iglesia, abrazó (cf. Evangelica testificatio, 2), como modelo típico para la Iglesia misma. Al mismo tiempo, esta profesión constituye un testimonio privilegiado de la búsqueda constante de Dios y de la dedicación absoluta al crecimiento del reino, al que Cristo invita a los que creen en El (cf. Mt 6, 33). Sin este signo concreto, la ‘sal’ de la fe correría el peligro de diluirse en un mundo en vías de secularización, como es el actual (cf. Evangelica testificatio, 3)”[1]. Con estas palabras, el Santo Papa definía la vida religiosa como un “don” que viene de Dios, pero también como un “testimonio” nuestro en respuesta a ese don.
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  • Elementos esenciales de la Vida Religiosa
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    INTRODUCCIÓN La renovación de la vida religiosa durante los últimos veinte anos ha sido en múltiples aspectos una experiencia de fe. Se han hecho esfuerzos generosos para explorar a fondo en la oración qué significa vivir la vida consagrada según el Evangelio, el carisma fundacional de un instituto religioso y los signos de los tiempos. Los institutos religiosos de vida apostólica han intentado, además, afrontar los cambios exigidos por la rápida evolución de la sociedad a la cual son enviados y por el desarrollo de los medios de comunicación que condicionan sus posibilidades de evangelización. Al mismo tiempo, estos institutos se han encontrado con cambios imprevistos en su misma situación interna, elevación del promedio de edad de sus miembros, disminución de vocaciones, merma consiguiente de sus efectivos, diversidades en los estilos de vida y en las obras y, con frecuencia, incertidumbre acerca de su identidad. El resultado ha sido una experiencia comprensiblemente compleja, con muchos aspectos positivos y algunos otros notablemente dudosos.
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  • Importancia de la vocación religiosa
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    Está fuera de duda que nuestra eterna salvación depende principalmente de la elección de estado. El Padre GRANADA dice que esta elección es "la rueda maestra de la vida". Y así como descompuesta la rueda maestra de un reloj queda todo el desconcertado, así también, respecto de nuestra salvación, si erramos en la elección de estado, "toda nuestra vida, dice SAN GREGORIO NACIANCENO, andará desarreglada y descompuesta". Por consiguiente, si queremos salvarnos, menester es que, al tratar de elegir estado, sigamos las inspiraciones de Dios, porque solamente en aquel estado a que nos llama, recibiremos los necesarios auxilios para alcanzar la salvación eterna. Ya lo dijo SAN CIPRIANO: "La virtud y gracia del Espíritu Santo se comunica a nuestras almas, no conforme a nuestro capricho, sino según las disposiciones de su adorable Providencia"1. Que por esto escribió SAN PABLO: cada uno tiene de Dios su propio don2. Es decir, como explica CORNELIO a LAPIDE: "Dios da a cada uno la vocación que le conviene y lo inclina a tomar el estado que mejor corresponde a su salvación". Esto esta muy conforme con el orden de la predestinación, que describe el mismo Apóstol cuando dice: Y a los que ha predestinado, también los ha llamado; y a quienes ha llamado, también los ha justificado; y a quienes ha justificado, también los ha glorificado3.
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  • Imposición de sotana
    Hagamos de cuenta que en este momento entra una persona a la iglesia y que, si bien es católica, nunca ha participado de una imposición de sotana. Imaginémonos qué cosa se preguntaría y tratemos de respondérsela. ¿Qué es un hábito? Dice el Diccionario de la Real Academia Española: Vestido o traje que cada persona usa según su estado, ministerio o nación, y especialmente el que usan los religiosos y religiosas. Es decir, algo que indica exteriormente una vocación y por ende a qué se dedica la persona (militar, policía, doctor, etc.) En este caso muestra que quien la lleva ha comenzado el camino de consagración y puntualmente en nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado (cada congregación tiene su propio hábito).
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  • Ipse Christus in aeternum
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    PRIMERA MISA DEL P. PAULO JOSÉ DE CARVALHO SANTOS “Ipse Christus in aeternum” “Vas electionis est mihi iste” At 9,15 Querido Padre Paulo, siento un gozo y alegría inconmensurable, no justamente por estar en esta Iglesia y ante un público tan cualificado sin desmerecer a ambos -claro- sino que esos sentimientos me brotan porque el 25 de agosto comenzaste a ser lo que no eras: “Sacerdos” y hoy por vez primera celebras el Santo Sacrificio en esta Capilla, para ser más preciso será la XXXa vez que por las palabras que salgan de tus labios el Verbo se hará carne. Creo que para un sacerdote no hay palabras tan tremendas como las que David coloca en la boca de Yavhé, canta el Rey Santo: «El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: |“Tú eres sacerdote eterno (Tu es sacerdos in æternum)”»1. Esta breve frase por el número de las palabras es grande y tremenda por el peso de la sentencia2: Tu es sacerdos in æternum pues el Señor tu Dios no se arrepiente, eres sacerdote y para siempre! Por esto me parece que el gravado que colocaste en tu cáliz de ordenación es más que acertado: “Sacerdos alter Christus”, porque de alguna manera en esos vocablos están como cifradas o concentradas la naturaleza, identidad y misión del sacerdote. Qué mejor y celebre ocasión para tratar este argumento! I Sacerdos alter Christus (Naturaleza) Para tu homónimo, el Apóstol de la espada, «lo esencial del sacerdocio cristiano es algo muy particular: una cierta vocación, un ser llamado a participar en las altas funciones sacerdotales de Cristo; es un poseer, en cierta medida, el espíritu de Cristo, y junto a él, una particularísima comunidad de vida y de sufrimientos con el Señor»3. De ahí que el P. Buela afirme: «Todo esto solemos resumirlo en la expresión “sacerdos alter Christus”; es decir, el sacerdote es “otro Cristo”. -Tu celestial Patrono- (Pablo) está penetrado hasta lo más hondo de esta idea central del sacerdocio, conforme al Nuevo Testamento: Dios le ha reclamado para su servicio, ya desde el regazo materno; Cristo le ha “tomado”, ungiéndole con el Espíritu Santo, por lo que es el siervo, el mensajero y el guardador de los secretos, el soporte del Evangelio, encontrándose armado de fuerzas especiales que le permiten dominar incluso a los demonios. Con Cristo mantiene una vinculación continua de vida y de sufrimiento, siendo sus penas las mismas de Jesús»4. Que día a día P. Paulo José puedas penetrar en la profundidad del “misterio sacerdotal”, el sacerdote es alter Christus! Por esto, insistentemente nos enseña la Iglesia: «En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad (...) “Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona representa el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración sacerdotal recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la facultad de actuar por…
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  • La fuerza del carisma
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    La Fuerza del Carisma El pasado 25 de marzo el Instituto del Verbo Encarnado ha cumplido 25 años de vida. Son tiempos para agradecer. Sin duda. Pero también son tiempos para maravillarse por la obra de Dios. Uno puede percibir la desproporción que hay entre los instrumentos humanos de la evangelización y la obra que se emprende. Por nuestro Seminario de San Rafael pasan permanentemente misioneros, la mayoría de los cuales ha estudiado en esta casa. Dan sus testimonios, cuentan sus luchas, sus ilusiones misioneras. Edifican a todos. Y varias veces me venía este pensamiento:
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  • La lectio divina
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    Práctica de la Lectio Divina para principiantes Lic. José A. Marcone, I.V.E. (Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) Definición de Lectio Divina La Lectio Divina es un diálogo con Dios tomando como punto de partida y como argumento de este diálogo la Palabra de Dios escrita, que es la Biblia, también llamada Sagrada Escritura o Escritura Divina. Por eso también puede definirse como una lectura orante de la Biblia. Es muy importante estar convencidos que si bien el título que lleva esta acción es de ‘lectura’ (lectio), se trata de una lectura en la que se entabla una relación dialogal, un diálogo: “En realidad, no sería preciso que los padres y otros maestros espirituales aconsejaran asociar la oración a la lectura. Cuando la lectio divina se practica como enseña la tradición, es decir, cuando la «lectura divina» es verdaderamente «lectura divina» y no mera «lectura espiritual» ni está dominada por preocupaciones intelectuales o utilitarias; cuando la lectio es atención a Dios y contacto personal e íntimo con su Palabra, la oración brota espontánea e irresistiblemente. Esmás, la oración forma parte de la lectio. En efecto, a Dios no se le lee como se lee un autor cualquiera. Se ha insistido mucho en que leer es ponerse en íntima comunicación con el autor, y es cierto. Para leer bien, para que un autor nos comunique de verdad su pensamiento y conteste a nuestras interrogaciones, es preciso-que consideremos que estamos conversando con él. Claro que esto es una ficción, porque ni el autor nos conoce ni está presente, y por tanto no puede responder a nuestras preguntas sino en cuanto las respuestas están ya escritas en su texto. Con la Biblia es diferente. Dios, que está presente en ella, es un Dios vivo, un Dios que no sólo habló sino que habla, que me habla. Por eso, «lectura de Dios» equivale a «conversación con Dios»”[1]. También podemos definirla de la siguiente manera: “La Lectio Divina es una lec­tura personal de la palabra de Dios, mediante la cual nos esforzamos por asimilar su substancia; una lectura que se hace en la fe, en espíritu de oración, creyendo en la presencia actual de Dios que nos habla en el texto sagrado, mientras nos esforzamos por estar nosotros mismos presen­tes, en espíritu de obediencia y de completa entrega tanto a las promesas como a las exigen­cias divinas”[2]. “Si se mantiene el concepto auténtico de «lectura divina» se mantendrá ipso facto la neta distinción entre ella y el estudio. Esto no implica, claro es, ningún desprecio para el estudio. Una vida espiritual profunda requiere, por lo general, una buena formación intelectual, teológica, en quienes son capaces, y tienen oportunidad de adquirirla. Dom Ambrose Southey, como de ordinario, acierta plenamente cuando escribe: «La lectio divina se refiere a un tipo de conocimiento especial; el estudio, a un conocimiento más conceptual. Como es natural, no hay que reaccionar exageradamente contra la insistencia actual sobre la inteligencia de Occidente, cayendo en un anti-intelectualismo. No; ambos conocimientos van a la par. Son complementarios, y…
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  • La prensa y los misioneros
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    Ofreceremos en distintos artículos algunas de las cartas circulares del Beato Pablo Manna a los miembros de su Instituto La traducción del italiano la ha realizado hace algunos años el R.P. Lic. Victorino Ortego (Carta circular nº 2, Milán, 30 de noviembre de 1924) Excelencias Reverendísimas y amadísimos cohermanos: Para el mayor desarrollo del Instituto y para ayudar a resolver nuestro problema económico pienso que es nuestro deber poner la atención en mejorar nuestra prensa aquí en Italia. En otra ocasión os prometí que me iba a referir a este argumento y lo hago ahora, dándoos algunas normas que, espero, serán tomadas en la debida consideración porque, como el actual florecimiento de nuestras casas se debe en gran parte a esta actividad, así y aun mejor deberá ser en el futuro. Diré brevemente algo sobre el deber de la deseada colaboración a las publicaciones del Instituto y especialmente a “las misiones católicas” y los modos de ampliarla. En cuanto al deber, no diré muchas palabras porque es cosa evidente, y tengo confianza de que todos aquellos que pueden, de cualquier manera, colaborar con nuestra prensa, lo harán de buena gana, sabiendo que concurren así al bien de todo el Instituto porque la prensa es el único medio de comunicación que tiene con el público, sobre el cual, después de la Providencia, el Instituto mismo funda, y no puede dejar de hacerlo, su esperanza, con respecto a la continuidad y el aumento de las vocaciones y de sus donaciones. Si nuestra prensa se debilita, por falta de colaboración, también el Instituto se resiente en la disminución de la estima y confianza, aventajándonos, hoy otras instituciones. No se trata de que nosotros nos lamentemos, o podamos dolernos del progreso de los demás, no tendríamos corazón de Misioneros; pero es cierto que todos nosotros debemos sentirnos comprometidos con el progreso de nuestro Instituto porque eso responde al progreso de las misiones a él confiadas, de las cuales sólo nosotros tenemos la responsabilidad ante Dios y la Iglesia. Por consiguiente será necesario organizar la comunicación entre nuestra publicaciones (MISIONES CATÓLICAS, ITALIA MISIONERA, PROPAGANDA MISIONERA, BIBLIOTEQUITA MISIONERA), las cuales en 1925 serán enviadas (exceptuadas BIBLIOTEQUITA MISIONERA) a todos los Misioneros. En cuanto a las normas, trataré de resumirlas brevemente: 1) Para los acontecimiento que interesan a todo el vicariato (fiestas, obras generales, seminarios, etc.) a menos que S.E. Mons. Vicario Ap. no pueda hacerlo él mismo (y alguna vez sería de desear), debería haber un corresponsal ordinario, pero uno solo (o si son varios, uno solo para el mismo hecho) para que no suceda que sobre el mismo hecho en diversos tiempos y sin mediar ulteriores variaciones se manden dos y tal vez tres crónicas que narran lo mismo. 2) Tratándose de acontecimientos (conversiones, inauguración de escuelas, etc.) que interesan directamente a un solo distrito, el jefe del distrito, o su ayudante (y no un padre de otro distrito) mande noticias para la primera parte de la revista (la cual es más propiamente el órgano…
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  • LAS CAUTELAS
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    INSTRUCCIÓN Y CAUTELAS El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento, silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios, y librarse de los impedimentos de toda criatura de este mundo, y defenderse de las astucias y engaños del demonio, y libertarse de si mismo, tiene necesidad de ejercitar los documentos siguientes, advirtiendo que todos los daños que el alma recibe nacen de los enemigos ya dichos, que son: mundo, demonio y carne. El mundo es el enemigo menos dificultoso: el demonio es más oscuro de entender; pero la carne es más tenaz que todos, y duran sus acometimientos mientras dura el hombre viejo. Para vencer a uno de estos enemigos es menester vencerlos a todos tres; y enflaquecido uno, se enflaquecen los otros dos, y vencidos todos tres, no le queda al alma más guerra. CONTRA EL MUNDO Para librarte perfectamente del daño que te puede hacer el mundo, has de usar de tres cautelas. Primera cautela. La primera es que acerca de todas las personas tengas igualdad de amor e igualdad de olvido, ahora sean deudos ahora no, quitando el corazón de éstos tanto como de aquéllos y aun en alguna manera más de parientes, por el temor de que la carne y sangre no se avive con el amor natural que entre los deudos siempre vive, el cual conviene mortificar para la perfección espiritual. Tenlos todos como por extraños, y de esa manera cumples mejor con ellos que poniendo la afición que debes a Dios en ellos. No ames a una persona más que a otra, que errarás; porque aquel es digno de más amor que Dios ama más, y no sabes tú a cuál ama Dios más. Pero olvidándolos tú igualmente a todos, según te conviene para el santo recogimiento, te librarás del yerro de más y menos en ellos. No pienses nada de ellos, no trates nada de ellos, ni bienes ni males, y huye de ellos cuanto buenamente pudieres, y si esto no guardas, no sabrás ser religioso, ni podrás llegar al santo recogimiento ni librarte de las imperfecciones. Y si en esto te quisieres dar alguna licencia, o en uno o en otro te engañará el demonio, o tú a ti mismo, con algún color de bien o de mal. En hacer esto hay seguridad, y de otra manera no te podrás librar de las imperfecciones y daños que saca el alma de las criaturas. Segunda cautela. La segunda cautela contra el mundo es acerca de los bienes temporales; en lo cual es menester, para librarse de veras de los daños de este género y templar la demasía del apetito, aborrecer toda manera de poseer y ningún cuidado le dejes tener acerca de ello: no de comida, no de vestido ni de otra cosa criada, ni del día de mañana, empleando ese cuidado en otra cosa más alta, que es en buscar el reino de Dios, esto es,…
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  • Las cinco épocas de la vida religiosa
    I. De los quince a los veinte años: época de la docilidad Durante este período de la vida, el joven es cera blanda que admite con facilidad todas las huellas, todos los moldes. Es la edad en que necesita más dirección y cuidados asiduos, pero también en que es más fácil guiarle, porque su fe y confianza en los superiores son perfectas. ¡Ay del superior que, por ligereza de conducta, haga perder al súbdito semejantes sentimientos, precioso amparo de su virtud! De los quince a los veinte años, el novicio estudia prácticamente la vocación, conoce el Instituto, debe ser probado La época de los quince a los veinte años es, para el novicio, la de las recias luchas y tentaciones. En cuatro de éstas necesita especialmente dirección y ayuda (solo recogemos dos): 2.a El hastío de la oración. Insístase mucho en que no permanezca ocioso durante la oración mental; oblíguesele a ocuparse en ella reflexionando o rezando vocalmente, recordando la presencia de Dios, o al menos leyendo algún libro que se le haya indicado. Recuérdesele con frecuencia la fidelidad a la gracia y a las cosas pequeñas. Lo están pidiendo tres razones poderosas sobre las que nunca se insistirá bastante ante los religiosos jóvenes: a. La fidelidad a la gracia y a los detalles preserva del pecado venial, que es la causa más común de la ruina de la piedad. b. Los triunfos menudos que el religioso joven alcanza sobre sí mismo para observar la regla, ser fiel a la gracia y evitar faltas leves, le preparan para los combates mayores, los actos heroicos de virtud, y le preservan del pecado grave, que es la muerte del alma, de la vocación y de la piedad. Don Bosco: Medios positivos para conservar la castidad: oración, evitar el ocio, frecuentar los Santos Sacramentos y ser cuidadoso en las cosas pequeñas. (Don Bosco, lx, 708) c. Por otra parte, todo acto de virtud, por pequeño que sea, merece una nueva gracia. El que practica esa fidelidad, consigue la piedad, el fervor y una mayor participación del espíritu de Jesucristo, y va creciendo en virtud cual árbol plantado junto a las aguas. 4° El desaliento. Es una de las tentaciones más comunes: pocos jóvenes se ven libres de ella. El demonio del desaliento es muy astuto: se infiltra en el alma y penetra por todas sus facultades. Reviste todas las formas: la del vicio, la de la virtud, incluso la de la humildad, ya que las más de las veces uno se desalienta con el pretexto de la incapacidad. El desaliento es tentación peligrosísima. Es para el alma lo que la parálisis para el cuerpo: la hiere en todas sus facultades y le hace imposible la lucha contra las tentaciones. Engendra temor exagerado, tristeza, desgana y tedio: enfermedades, todas ellas, que arruinan y matan la piedad, la alegría santa, la confianza en Dios y el espíritu filial. El desaliento es la tentación de Judas y de todos los réprobos. Por eso, el padre Caraccioli,…
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  • LOS RELIGIOSOS FRENTE A LA OBEDIENCIA
    La humildad, disposición previa del verdadero obediente. ¿Cómo debe proceder el que quiere entrar en la nave de la perfecta obediencia? Debe poseer la luz de la fe, con la que debe matar la propia voluntad, odiando su propia pasión sensitiva y tomando por esposa la verdadera y pronta obediencia, con su hermana, la pacien­cia, y la nodriza de la humildad. Si no tuviese esta nodriza, la obediencia perecería de hambre, porque en el alma don­de no hay humildad, la obediencia muere pronto. La humildad no está sola, sino que tiene consigo la sirvienta de la modestia, del desprecio del mundo y de sí mis­ma, que hace que el alma se tenga en poco, y no apetezca honores, sino afrentas. El religioso debe adquirir y conservar en sí esta perfección, tomando pronta y alegremente la llave de la obediencia. Esta llave abre el postigo o puertecita que hay en la puerta del cielo, como sucede en las puertas que tienen postigo. La fe les hace descubrir los males que de la desobediencia les vienen Los verdaderos obe­dientes ven que con la carga de las riquezas y el peso de su voluntad no podrán pasar por este postigo sin gran fatiga ni sin peligro de perder la vida, y ven que no podrán pasarla con la cabeza alta sin riesgo de rompérsela; de ahí se desprendan de sus riquezas y de la propia voluntad, eligiendo la pobreza. Si no observasen el voto de pobreza voluntaria, faltarían a la obediencia, y caerían en la soberbia, que les hace llevar alta la ca­beza de su voluntad. Y si debiendo obedecer, no inclinan su cabeza con humildad, sino que la bajan a la fuerza, cumpliendo lo que le mandan con desagrado, poco a poco, se verán caídos también en el otro voto, quebrantando la continencia. Porque el que no tiene ordenado su apetito ni se ha despojado de sus bienes temporales, siempre halla amigos con quien conversar, que le quieren para su propio provecho. De estas conversaciones pasan a las amistades íntimas y a recrearse en placeres, porque no tienen humildad y carecen del menosprecio de sí mismos. Viven regalada y delicadamente, no como religiosos, en vigilias y oración, sino como señores. Estas y otras muchas cosas les suceden porque tie­nen dinero para gastar; que, si no lo tuvieran, no les sucedería esto. El obediente domina su sensualidad y descubre a todos sus enemigos Por esto el perfecto obediente se levanta sobre sí y domina su propia sensualidad, echando fuera al enemigo del amor propio, porque no quiere que sea ofendida su es­posa, la santa obediencia, a la que se unió por la fe. De este matrimonio nace el vivir las santas costumbres y observancias de la orden, y las virtudes verdaderas: la paciencia, la humildad y el desprecio de sí mismo. El alma queda con paz y sosiego, porque ha arrojado afuera a sus enemigos. ¿Cuáles estos enemigos? El principal es el amor propio, origen de la soberbia. Después están la impaciencia, la…
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  • LOS VOTOS RELIGIOSOS ‘Nudo de relaciones’
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    Decía Antonine de Saint-Exupéry “El hombre no es más que un nudo de relaciones. Sólo las relaciones cuentan para el hombre”[1] y si esto es verdad, lo es porque él, es imagen de Aquél que es relación por antonomasia, es decir nuestro Creador. De hecho, cada divina Persona es una relación subsistente. «En efecto, “en Dios todo es uno, excepto lo que comporta relaciones opuestas”[2]. Por otra parte el «“Padre”, “Hijo”, “Espíritu Santo” no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: “El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo”[3]. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede”[4]. La Unidad divina es Trina»[5]. Existe entonces, podríamos decir un “Nudo Trinitario” que “es el misterio de Dios en sí mismo”[6] de ahí que «la distinción personal del Verbo con el Padre y el Espíritu Santo nos impele a que toda nuestra vida lleve la impronta trinitaria, que es el máximo misterio de Dios, es plenitud del hombre y es “la sustancia del Nuevo Testamento”, en la que los hombres por medio del Hijo hecho carne tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Debe ser un timbre de honor el confesar “la distinción de las personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”[7]»[8]. Por otra parte a la pregunta ¿Qué es ser hombre? Recordemos la respuesta del aviador francés “El hombre es un nudo de relaciones”. Es decir, lo que nos define son los vínculos con la realidad, que son invisibles. Y lo que construye nuestra realidad humana es cómo nos relacionamos con el mundo con los demás y con Dios. Todo depende de nuestras relaciones: La vida, la muerte, la familia, los amigos, etc. De ahí que Saint-Exupéry escribía “Lo que causa tus sufrimientos más graves es lo mismo que te aporta tus alegrías más altas. Porque sufrimientos y alegrías son frutos de tus lazos”. Estos lazos son los que nos hacen “ser”. Pero no sólo en las relaciones humanas, sino también los lazos que establecemos con los bienes materiales, con la tradición y sobre todo con Dios. «Origen primero y fin último de todo cuanto existe. Principio y fundamento, en especial, de todo hombre y mujer creados a su imagen y semejanza»[9]. Ahora, el hombre, como afirmó el Concilio Vaticano II, «no puede encontrar su plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Entonces, se sigue que el amor es la vocación humana y todo nuestro comportamiento, para ser verdaderamente humano, debe manifestar la realidad de nuestro ser, realizando la vocación del amor. Como escribió Juan Pablo II: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser…
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  • Mi vieja sotana
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    Hay ocasiones en la vida en las que uno quiere reflexionar... Es como si los mismos sentimientos que se estorban por salir desde lo más secreto del corazón anhelaran escapar… El problema de estas explosiones es el desorden lógico que conllevan. Posiblemente muchos al leer estas líneas queden perplejos por el tema abordado, y hasta consideren una soberana pérdida de tiempo cada uno de los presentes renglones. Y tal vez tengan razón…
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  • Murmuración en los religiosos
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    “El que anda murmurando divulga secretos, no te juntes con gente chismosa” (Prov. 20,19) Tal vez uno de los enemigos más grandes y destructivos dentro de la Iglesia de Jesucristo son los pecados de la lengua. Muchos cristianos caen en este mal que conduce a malos puertos. Y, lamentablemente, tenemos que decir que también estas prácticas son uno de los cánceres de la vida religiosa. El Apóstol Santiago nos dice: “Si alguno no cae al hablar, ése es un hombre perfecto, capaz de refrenar todo su cuerpo[1]”. De modo que podemos decir que pone en las antípodas los pecados de la lengua a la verdadera vida de santidad. Nosotros, cuando nos hicimos religiosos tomamos la decisión de renunciar a muchas cosas; y en algunos casos se abandonaron cosas realmente grandes. Era la voluntad de Dios, la cual fue seguida con alegría y sacrificio. Sin embargo, el demonio, enemigo mortal de nuestra humana naturaleza, no podía quedarse con los brazos cruzados, y buscó medios para que fuéramos perdiendo el centro. Así es que luego de aparecer a nuestra vista los defectos del prójimo, que puede ser mi compañero, súbdito o superior, procuró que esos defectos se mostraran más grandes de lo que realmente eran, y por detenernos en un árbol quedó oculto a nuestros ojos el bosque que silencioso crecía. Nunca estará de más recordar que Dios detesta el chisme y la murmuración, y en la biblia hay grandes juicios y consecuencias para estos males. Citemos simplemente algunos pasajes: 19,1: “Más vale ser pobre y honrado que necio de labios retorcidos”. 18,2: “Al necio no le gusta la prudencia, sino manifestar su opinión”. 19, 16: “No andes difamando entre los tuyos”. 6, 16.-19: “Seis cosas detesta Yahvé, y siete aborrece con toda el alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos manchadas de sangre inocente, corazón que trama planes perversos, pies ligeros para correr hacia el mal, testigo falso que levanta calumnias y EL QUE SIEMBRA DISCORDIA ENTRE LOS HERMANOS”. 26:20: “Cuando falta la leña, se apaga el fuego, donde no hay chismosos se acaban las riñas”. Sabemos que la murmuración y el chisme le quitan el lugar a la evangelización. Pues donde se habla de los hombres y de sus defectos no hay lugar para el mensaje de Cristo en toda su plenitud. Es por esto, que en medio de estas ideas tal vez un poco desordenadas, es bueno recordar que vinimos a seguir a Jesucristo, y no a escandalizarnos de las obras de los otros. Incluso cuando nos tocase vivir entre religiosos que no se preocupan de su consagración no por eso debemos dejar de hacer lo que nos corresponde, que es nuestra propia santificación. El religioso ignorante de los sucesos de su entorno, pero aplicado a su vida interior está ciertamente mucho más cerca del cielo que el metiche, quien sabe mucho, pero le sirve poco. Recordemos a San Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas interiormente[2]”. De aquí…
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  • Obediencia y humildad de Jesucristo
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     Quiero detenerme en este día en un párrafo de la Carta a los Hebreos: “«Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios», a pesar de que están prescritos por la Ley. Y luego añade: «Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad»[1]”. Los “sacrificios y holocaustos” de los que habla, se refiere al culto que se ofrecía en el Antiguo Testamento para obtener de Dios el perdón de los pecados, sacrificios en donde se inmolaban ciertos animales. Pero si dice que Dios no aceptaba estos sacrificios, es porque realmente no eran capaces de obtenernos la salvación. Por eso es que Cristo exclama: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. De ahí que el texto de la Carta a los Hebreos termine afirmando: “Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre”. Cristo cumple con la voluntad de Dios y nos obtiene la salvación. En este ejemplo de Jesucristo vemos la clase, la “talla” de miembros (religiosos y laicos) que nuestra Familia Religiosa necesita: Ante todo, necesitamos miembros obedientes, obedientes a la voluntad de Dios que resuena en el corazón de cada hombre, obedientes a los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, obedientes a la enseñanza oficial de la Iglesia, obedientes en todo a los que nos pidan nuestros Superiores legítimos… una obediencia tal, que sean capaces hasta de cambiar el pensamiento, cuando se trate de un pensamiento que esté en contra del pensamiento de nuestros superiores. Necesitamos miembros humildes, que no se apoyen en sus propias fuerzas, y que mucho menos atribuyan a sus capacidades y aptitudes los frutos de la misión. Humildad que les haga reconocer que todo viene de Dios. ¡Cuánto bien realmente hace, por ejemplo, un sacerdote humilde, y, por el contrario, cuánto mal hace la soberbia en el sacerdote! ¡Cuánta edifica ver fieles laicos humildes, cuánto atrae esta virtud a los que están alejados! Necesitamos miembros con espíritu de sacrificio, pero no solamente para ir a aquellos lugares que sean difíciles, porque el sacrificio no se vive solamente en las misiones llamadas “emblemáticas”, sino que se vive sobre todo cuando hay una voluntad dispuesta a ir a donde los Superiores los envíen, incluso a donde no les guste. Los laicos vivirán este espíritu de sacrificio cuando sepan renunciar a sus propias comodidades por el apostolado. ¡Cuántos jóvenes “tranquilos” en sus proyectos personales…! Necesitamos miembros pobres, es decir desprendidos, que no sean comerciantes ni codiciosos, que busquen, mientras se pueda, lo más incómodo, lo de menos valor. Con una pobreza incluso que se note, que se vea y que se sienta. También aquí, necesitamos sacerdotes que comprendan cuánto daño hace a las almas sencillas el sacerdote amante de las riquezas y del dinero. Necesitamos miembros con virtudes humanas fundamentales. Qué despreciable se vuelve el sacerdote chabacano, irrespetuoso, con falta de buenos modales. El Verbo Encarnado asumió una naturaleza humana perfecta, por eso también cada…
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  • Perder la vocación
    En una oportunidad San Marcelino les habló los hermanos sobre el tema de la vocación, ya que le preguntaron si se podía perder la vocación. Y el santo les hizo una distinción, les dijo: "Fallar la vocación, perder la vocación, apostatar la vocación, y ser infiel a la vocación, son cosas muy distintas ". Fallar la vocación Es ignorar los designios de Dios sobre uno. Es cuando alguien no conoce lo que Dios quiere de sí o se equivoca en lo que cree que Dios le pide. Hay jóvenes buenos que se quedan en el mundo porque no saben lo que es la vocación, o nadie les predicó, o nunca conocieron una casa religiosa. Pero muchos de ellos no lo conocieron pero desearon vivir bien, y esa buena disposición suplirá en ellos la vocación que no pudieron seguir por falta de conocimiento. Perder la vocación Es abandonarla antes de ser religiosos por los votos. Después de conocerla suficientemente y de formar parte de alguna comunidad. Es no haber sabido o querido cultivar, entretener, afianzar y conservar la vocación recibida. Es dejar sin producir el talento que Dios nos dio. Es dejar de corresponder a la vocación recibida y que ya se había abrazado y merecer que Dios nos quite esta gracia por las siguientes causas: Abuso de la gracia y menosprecio de las cosas pequeñas Pasión desordenada por algo Incumplimiento del reglamento Negligencia y descuido de los ejercicios de piedad Tentaciones violentas y graves y repetidas faltas El desaliento, "que es la causa más frecuente" Una sola de estas causas puede ser suficiente para perder la vocación. La pérdida de la vocación conlleva consecuencias gravísimas: Vida desgraciada: Es como un miembro del cuerpo que está dislocado, hace sufrir a todo el cuerpo y siempre está mal. El joven que no está donde Dios quiere. Una cadena interminable de faltas: El que abandona la vocación y se entrega al mundo, en todo encuentra ocasiones y peligros. Encontrará dificultades aún en las cosas más pequeñas. "Tres cosas muy funestas siguen a la pérdida de la vocación: la privación de gran número de gracias, una espantosa cadena de pecados, y la condenación casi segura". El desaliento en todas las empresas. Todo lo que emprenda le saldrá mal. Se desalentará en las dificultades. Porque resistió a Dios y no puede encontrar en él su Emprenderá de todo, y tropezando en todo, no levará nada a feliz término. Ejemplo de la Virgen a Santa Catalina de Suecia, hija de Santa Brígida, que estaba muy tentada de dejar la vocación. La mamá rogó por ella y a la noche Santa Catalina vio el mundo todo envuelto en llamas, y se encontraba ella rodeada de fuego por todos lados. Estando en este apuro vio a la Virgen y sin poderse contener le suplicó: ¡Ayúdame, oh santa Madre de Dios! Y la Virgen le respondió: ¿Cómo? Con menosprecio de tu vocación intentas irte al mundo, en medio de todos los peligros, quieres meterte intencionalmente en estas llamas, ¿y…
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  • Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios
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    Sobre la “muerte y soledad del monje” Jason Jorquera M. “Toda la vida de los religiosos debe orde­narse a la contemplación[1] como elemento constitutivo de la perfección cristiana; sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar, recogiéndose realmente en la soledad…”[2]. Ésta ha sido la misión de los monjes, quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente, pues proclaman con su vocación y género de vida que Dios es todo y que debe ser todo en todos[3].” Directorio de Vida Contemplativa La vida contemplativa, al igual que cualquier otro estado de consagración, siempre guardará un aspecto de misterio. Y es que nunca se podrá explicar totalmente con palabras humanas aquel binomio divino-humano entre el “llamado de Dios” y el correspondiente “sí” de un alma a este estilo de vida del todo particular, cuya riqueza absoluta ha de ser el mismo Dios, a quien el monje dedica toda su existencia como “adelantándose” a la contemplación perenne del Paraíso celeste, aunque con las necesarias cruces de nuestra actual condición de viadores, las cuales abraza por amor al Crucificado que ha decidido seguir de cerca. Cuando hablamos de vida monástica, necesariamente hablamos de oración, pero también de silencio, soledad y muerte, todo lo cual tiene un profundo sentido espiritual que va como marcando el ritmo mismo de la oración, a la vez que de ella se nutre para poder profundizar así la unión con el Creador. Me explico: para rezar se necesita del silencio exterior en lo posible, pero siempre buscando el imprescindible silencio interior que permitirá al alma oír mejor la voz del Todopoderoso que lo invita a dialogar con Él; y lo mismo se diga respecto a la soledad, entendida como apartamiento de las disipaciones para tratar a solas con Dios, la cual también contribuye y se beneficia de la oración. Y finalmente la muerte, pero ¿qué muerte?, pues –llamémosla- una “muerte vívida”, es decir, activa, batalladora; en lenguaje espiritual un continuo morir a sí mismo, al egoísmo, el amor propio, a los defectos, al pecado, etc., lo cual es una condición necesaria para progresar en dicha contemplación con Dios. Morir, entonces, al mundo para vivir en soledad con Dios ha de ser la impronta propia del monje, que quiere imitar al Cristo orante, modelo perfecto del contemplativo; y que busca identificarse con las palabras que escribiera el apóstol de los gentiles: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.” Porque habéis muerto… No hablamos aquí, obviamente, de la separación del cuerpo y el alma, sino de una nueva y amorosa disposición del alma que se entrega a Dios en la vida monástica para dar origen a un “nuevo existir”, es decir, como a un nuevo ser transformado a la luz de la gracia divina, fruto de la constante renuncia a sí mismo que ha de regir toda la ascesis del monje; porque la renuncia –que es este “morir”- implica el ineludible combate por sepultar al…
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  • Religioso, vales demasiado!!!
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    La multiplicación de los panes Introducción La pusilanimidad es la gran dificultad en el plan de cooperación. "Yo no valgo nada". Desaliento. "¡Lo mismo da que haga o que no haga! Nuestros poderes de acción son tan estrechos. ¿Vale la pena mi modesto trabajo? ¿Qué significa mi abstención? Si yo no me sacrifico, ¡nada se cambia! No hago falta a nadie... ¿Una vocación más o menos? ¿Lo mismo que un voto más o menos?". Cuántas vocaciones perdidas. Es el consejo del diablo, que tiene parte de verdad. Hay que encarar la dificultad: según San Ignacio: sibi obiciant... quiere que nuestros estudiantes ¡sólo a la verdad se rindan!
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  • Religiosos del IVE
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    Con una bocanada de espeso incienso, embebiendo el ambiente en dulce perfume de rosas, se eleva al cielo, lenta y graciosa, la entrega total que hace el religioso. La profesión religiosa es el mayor acto de libertad posible después del martirio, pues uno por deseo propio, usando la mayor de sus potencias, y en ella subordinadas todas las otras, se entrega a Dios, su Señor, alcanzando con esto, si la entrega es radical, el perfeccionamiento óptimo de sus potencias, lo cual representa la realización de la voluntad sublime de su Señor. Hemos sido hechos para Dios, ¿y qué mejor modo de cumplir este precioso fin que el arrojarse en sus manos?, como el cordero que mansamente se acerca a las manos de su pastor, para ser llevado por Él a la perdida presencia de su madre. Pues es Él quien dirige nuestra barca a la patria celeste, que se encuentra allá, a lo lejos, después de las agitadas aguas de este mundo. ¡Somos religiosos, es decir, creaturas libres, en las manos de Dios por nuestra propia voluntad, nos hemos introducido en la senda angosta, que puede ser incómoda por momentos, pero que conduce directamente al Reino esperado! ¡Somos religiosos, mas no cualquier tipo de religiosos, pues nuestra esencia es ser los pobres, los castos y los obedientes del Verbo Encarnado, lo cual habla de una impronta, de algo que nos distingue, pues en el rebaño de Dios hay muchas ovejas, pero no todas son iguales! ¡Somos religiosos y por tanto ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, hasta la última, a ejemplo de Cristo que todas las ofreció a Dios, incluso la postrera cuando parándose en el clavo que sujetaba sus pies al madero gritó: “En tus manos encomiendo mi espíritu”! Somos ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, pero no para cualquier cosa, sino para no ser esquivos a la aventura misionera, a la posibilidad de ser injuriados, despreciados, insultados, maltratados y hasta matados después de crueles tormentos de años. Para no ser esquivos a inculturar el evangelio en la diversidad de las culturas, pues no nos puede frenar la distinción de lenguas, si vamos con el Dios que creó esa distinción en Babel; ni la distinción de razas si llevamos la gracia que a todos nos hermana en Cristo, ni la condición social, si el Señor nos ha hecho todo en todos. Para prolongar la Encarnación del Verbo en todo hombre, todo el hombre y todas las manifestaciones del hombre, pues Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios, comunicándonos su vida, ya que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y como sobreabunda debemos compartirla con aquellos que aún no han tenido la misma suerte que nosotros, dado que si gratis hemos recibido, gratis debemos dar, y si por nosotros Cristo ha muerto, por los demás también nosotros tenemos que morir, pues el prójimo se identifica misteriosamente con Cristo. Para asumir todo lo auténticamente humano y elevarlo al plano sobrenatural y eterno. Para ser…
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  • Si conocieras...
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    SI CONOCIERAS... (Jn 4, 10) Un rato de intimidad ¿Quieres, sacerdote mío, que echemos un rato de conversación aquí en mi Sagrario? De corazón a corazón. ¡Nos hace tanta falta a los dos ese ratito! A tí, para fortalecerte, orientarte y hacerte más bueno; a mí, para endulzar mis horas de abandono, para gozarme en hacerte bien y por ti a muchos hijos tuyos y míos y a los dos para desahogarnos y consolarnos mutuamente... Porque la verdad es que quien dice Corazón de Jesús o corazón de sacerdote, dice penas, ingratitudes muy negras, de espinas muy punzantes, de hieles muy amargas. ¡Mira que llueven dolores sobre nuestros corazones! Yo desde mi sagrario y tú desde tus ministerios podemos todavía repetir la queja y la pregunta del profeta: O vos omnes qui transitis per viam, attendite et videte si est dolor sicut dolor meus. (Lam 1, 12). Las penas de los dos amigos En verdad que no hay en la tierra dolor como nuestro dolor. Y, ¡qué! ¿hemos de ser hermanos en el padecer y no en el desahogarnos? ¿Nos han de unir las desolaciones y no los consuelos? Y mi Corazón, a pesar de las hieles que lo inundan, ¡los tiene guardados tan ricos y suaves para sus sacerdotes! Sí, sí, sacerdote mío, nos hace mucha falta a los dos el rato de de conversación a que te invitaba. Tenemos que hablarnos los dos, ¡los dos!, ¿te enteras? Tú me hablas y yo seré todo oídos para escuharte, y cuando te hable, calla tú y manda callar todo lo que levante ruido en tu corazón. Y hemos de hablarnos en mi Sagrario, ¡no faltaba más! ¡Si para eso he hecho el Sagrario! ¡Si para que en todo el orbe pudieran mis hijos hablar y estar conmigo he hecho tu sacerdocio! ¡Como que tu sacerdocio se ha creado para perpetuar mis sagrarios en la tierra! De modo, ¡que en nuestro sagrario! Una queja Déjame que preceda a nuestra conversación una queja que tengo de muchos de mis sacerdotes. ¡Los veo muy poco por mis sagrarios! Los veo en las bibliotecas y en las aulas aprendiéndome, en los púlpitos y en la propaganda enseñándome, los veo en diversidades de lugares haciendo mis veces, los veo también ¡qué pena! en los lugares en los que no tienen que aprenderme, ni hacer nada por Mí.... y, sin emabargo, por mis sagrarios, ¡los veo tan poco! y a ¡tan pocos! ¿Verdad que tengo motivos para quejarme? ¡Si conocieras...! ¡Si conocieras, sacerdote mío, lo que se aprende leyendo libros, estudiando cuestiones, esaminando dificultades a la luz de la lámpara de mi Sagrario! ¡Si supieras la diferencia que hay entre sabios de biblioteca y sabios de sagrarios! ¡Si supieras todo lo que un rato de sagrario de de luz a una inteligencia, de calor a un corazón, de aliento a un alma, de suavidad y fruto a una obra! ¡Si supieras tú y todos los sacerdotes el valor que para estar de pie junto a todas…
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  • ¡Cuidado Religiosos!
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    La agitación en la que voluntariamente se ha sumergido nuestro mundo de hoy es una de las señales más claras de que algo no anda bien. El ser humano puede ser trabajador, pero la laboriosidad no tiene que quitarle la humanidad. El frenesí en el que viven tantos hombres de nuestros días nos habla de algo que no marcha por buena senda, de una parte de nosotros que se ha desequilibrado. El religioso de nuestros días, hijo como todo hombre de su tiempo, tiene que lidiar con este movimiento vertiginoso que atenta contra el mismo ser de su consagración. Hoy es el ruido constante de aparatos electrónicos, de actividades apostólicas, y de lazos innecesarios lo que lo aleja en muchas ocasiones de lo que el Señor en el Evangelio llamó “lo verdaderamente importante”. Sin embargo, aunque el hombre se haya llenado de nuevas ocupaciones importantes o no, Dios no ha cambiado. Él se mantiene inalterable, siendo todavía hoy el Dios que habla desde el silencio. De tal manera que en sus elecciones diarias todo religioso debe enfrentarse a una que es medular para todas las otras, o Dios o el torbellino de nada. El Cardenal Robert Sarah, un apóstol de las verdades esenciales, en su magnífico libro “La fuerza del silencio” dice que « El silencio no es una ausencia; al contrario: se trata de la manifestación de una presencia, la presencia más intensa que existe. El descrédito que la sociedad moderna atribuye al silencio es el síntoma de una enfermedad grave e inquietante. En esta vida lo verdaderamente importante ocurre en silencio. La sangre corre por nuestras venas sin hacer ruido, y solo en el silencio somos capaces de escuchar los latidos del corazón»[1]. Y más adelante dirá: « El claustro materializa la fuga mundi, la huida del mundo para encontrar la soledad y el silencio. Representa el fin del tumulto, de la luz artificial, de las tristes drogas que son el ruido y la codicia de poseer cada vez más bienes, para mirar al cielo. El hombre que entra en un monasterio busca el silencio para encontrar a Dios»[2]; cosa que evidentemente se aplica a todo tipo de religioso, no sólo a los monjes. Son estas verdades las que nos tienen que llevar a vivir manteniendo encendida la luz de alerta, pues el ambiente en el que como religiosos debemos estar insertos atacará lo esencial de nuestra consagración, que es el ser “lo hombres de Dios”. Cuidemos este don sagrado del “retiro o silencio religioso”, pues es el medio que nos conduce a Dios. No olvidemos que el fin de nuestra consagración es encontrar a Dios. Es por todo esto que concluimos esta breve reflexión con un consejo tomado de aquel libro generador de santos llamado “Imitación de Cristo”: «Busca tiempos aptos para examinarte y piensa con frecuencia en los beneficios de Dios. Deja las curiosidades. Medita aquellos temas que te den compunción más que ocupación. Hallarás tiempo suficiente y oportuno para dedicarte a buenas meditaciones si te…
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