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La vida religosa en el IVE

La vida religosa en el IVE (12)

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Ipse Christus in aeternum

Escrito por

PRIMERA MISA DEL P. PAULO JOSÉ DE CARVALHO SANTOS

Ipse Christus in aeternum

Vas electionis est mihi iste” At 9,15

 

Querido Padre Paulo, siento un gozo y alegría inconmensurable, no justamente por estar en esta Iglesia y ante un público tan cualificado sin desmerecer a ambos -claro- sino que esos sentimientos me brotan porque el 25 de agosto comenzaste a ser lo que no eras: “Sacerdos” y hoy por vez primera celebras el Santo Sacrificio en esta Capilla, para ser más preciso será la XXXa vez que por las palabras que salgan de tus labios el Verbo se hará carne. Creo que para un sacerdote no hay palabras tan tremendas como las que David coloca en la boca de Yavhé, canta el Rey Santo: «El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: |“Tú eres sacerdote eterno (Tu es sacerdos in æternum)”»1. Esta breve frase por el número de las palabras es grande y tremenda por el peso de la sentencia2: Tu es sacerdos in æternum pues el Señor tu Dios no se arrepiente, eres sacerdote y para siempre! Por esto me parece que el gravado que colocaste en tu cáliz de ordenación es más que acertado: “Sacerdos alter Christus”, porque de alguna manera en esos vocablos están como cifradas o concentradas la naturaleza, identidad y misión del sacerdote. Qué mejor y celebre ocasión para tratar este argumento!

 

I Sacerdos alter Christus (Naturaleza)

 

Para tu homónimo, el Apóstol de la espada, «lo esencial del sacerdocio cristiano es algo muy particular: una cierta vocación, un ser llamado a participar en las altas funciones sacerdotales de Cristo; es un poseer, en cierta medida, el espíritu de Cristo, y junto a él, una particularísima comunidad de vida y de sufrimientos con el Señor»3. De ahí que el P. Buela afirme: «Todo esto solemos resumirlo en la expresión “sacerdos alter Christus”; es decir, el sacerdote es “otro Cristo”. -Tu celestial Patrono- (Pablo) está penetrado hasta lo más hondo de esta idea central del sacerdocio, conforme al Nuevo Testamento: Dios le ha reclamado para su servicio, ya desde el regazo materno; Cristo le ha “tomado”, ungiéndole con el Espíritu Santo, por lo que es el siervo, el mensajero y el guardador de los secretos, el soporte del Evangelio, encontrándose armado de fuerzas especiales que le permiten dominar incluso a los demonios. Con Cristo mantiene una vinculación continua de vida y de sufrimiento, siendo sus penas las mismas de Jesús»4. Que día a día P. Paulo José puedas penetrar en la profundidad del “misterio sacerdotal”, el sacerdote es alter Christus!

 

Por esto, insistentemente nos enseña la Iglesia: «En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad (...) “Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona representa el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración sacerdotal recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo (a quien representa)” (Pío XII, enc. Mediator Dei5

 

Querido P. Paulo, el misterio es profundo! Escucha lo que escribió Marcelo Javier Morsella a uno de sus amigos a mediados de su primer año de seminario: «Yo sigo muy contento y constatando que el tiempo vuela, se te va de las manos. Pienso a veces, en lo que es el sacerdocio y me doy cuenta de que es algo tan grande que sobrepasa todo lo que uno pueda imaginar o la idea que uno pueda tener. Pero hay que confiar en Dios, uno no merece ni es digno pero es la voluntad de Dios. Te digo [esto] porque muchas veces me veo con defectos, pero los Apóstoles también los tenían: eran hombres y esto de los Apóstoles es un gran consuelo porque esos hombres rústicos y pecadores fueron después los más grandes santos que dieron la vida por Jesucristo. La santidad es trabajo de toda una vida…»6.

 

Una vez más quiero insistir sobre la importancia de volver sobre esta verdad (Sacerdos alter Christus), pero esta vez con nuestro derecho propio: «Los miembros de nuestro Instituto que son sacerdotes ministeriales, deben volver una y otra vez a esta realidad inefable que produjo en ellos un cambio ontológico al asemejarlos a Cristo cabeza, y ninguna espiritualidad laical tiene que reducir su espiritualidad presbiteral»7.

 

II Sacerdos Ipse Christus (identidad)

 

La Providencia Divina ha hecho sagrado el pasado 25 de agosto pues comenzaste a ser lo que no eras. ¡Se produjo en tu alma un cambio ontológico! El cual -valga la redundancia- te “configura

ontológicamente con Cristo Sacerdote, Maestro, Santificador y Pastor de su Pueblo8.

 

«En este sentido, la identidad del sacerdote es nueva respecto a la de todos los cristianos que, mediante el Bautismo, participan, en conjunto, del único sacerdocio de Cristo y están llamados a darle testimonio en toda la tierra9. La especificidad del sacerdocio ministerial se sitúa frente a la necesidad, que tienen todos los fieles de adherir a la mediación y al señorío de Cristo, visibles por el ejercicio del sacerdocio ministerial.

 

En su peculiar identidad cristológica, el sacerdote ha de tener conciencia de que su vida es un misterio insertado totalmente en el misterio de Cristo de un modo nuevo y específico, y esto lo compromete totalmente en la actividad pastoral y lo gratifica10»11.

 

Por esto P. Paulo los misterios que más reflejan y deberán reflejar tu nueva identidad son, en primer lugar la Santa Misa pues “ella es para el Sacerdote y el sacerdote para la Misa” ya que el carácter del orden sagrado te configura con Cristo cabeza, dándote así el poder sobre el Cuerpo físico de Cristo (y sobre su Cuerpo místico) permitiéndote obrar “in persona Christi”12, siendo tu acto principal la inmolación y oblación del sacrificio Eucarístico13 de tal manera que en el momento de la transubstanciación “serás” el Ipse Christus (el mismo Cristo) y no “simplemente” otro Cristo -o dicho de otro modo- será el mismo Cristo que hable en y por ti.

 

El segundo misterio que más manifiesta y deberá manifestar tu nueva identidad es el sacramento de la Confesión al pronunciar “EGO te absolvo…” no simplemente otro Cristo sino Ipse Christus (el mismo Cristo) -o dicho de otro modo- será el mismo Cristo que hable en y por ti.

Finalmente, tu nueva identidad sacerdotal te confiere poder no sólo poder sobre el Cuerpo físico de Cristo sino también sobre su Cuerpo místico de tal modo que también in persona Christi deberás dar tu vida como Cristo la dio por lo que más ama: ¡las almas! Ellas son su mayor tesoro, y Él te las confía porque ya no eres siervo sino su amigo14. Quiere que las alimentes, las cuides, las cures y las rengendres para el cielo.

 

III Calix Christi (Misión)

 

Los Hechos de los Apóstoles nos narra que en cuanto Pablo estaba ciego en Damasco Cristo le dijo a Ananías “Ve, porque es éste para mí vaso de elección, para que lleve mi nombre ante las naciones y los reyes y los hijos de Israel”. Tú también querido padre, eres PABLO y “eres cáliz de elección”. Es más, es el deseo ardiente de nuestro fundador expresado en nuestras Constituciones: «Queremos ser

“como otra humanidad suya”15, queremos ser cálices llenos de Cristo que derraman sobre los demás su superabundancia, queremos con nuestras vidas mostrar que Cristo vive. Y al Espíritu de Cristo porque es el alma de la Iglesia y porque si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, éste no es de Cristo (Rm 8,9)»16.¡Esa es tu misión! Y el mismo Señor te irá revelando lo que tienes que hacer por Él17.

También en la base de tu cáliz de ordenación se lee: “Por todos los que Dios me confió”. Esa es la misión del sacerdote y por tanto tu misión: “ser mediador entre Dios y los hombres”18 interceder por los que inmediatamente Dios te confió y por todos los hombres. Por esto P. Pablo todos los días al elevar el cáliz, tu cáliz, tú mismo debes ser cáliz y hacer tuyas las palabras del salmista:

 

«¿Cómo pagaré al Señor | todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, | invocando el nombre del Señor. Cumpliré al Señor mis votos | en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor | la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, | siervo tuyo, hijo de tu esclava: | rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, | invocando el nombre del Señor. Cumpliré al Señor mis votos | en presencia de todo el pueblo,

 en el atrio de la casa del Señor, | en medio de ti, Jerusalén» (Sl 116,12-19).

 

Querido P. Pablo de ahora en adelante tu Sacerdocio es tu vida, tu gloria y tu cáliz!, por esto en cualquier momento de tu vida y en cualquier lugar que Dios te coloque y el mismo Verbo Encarnado te pregunte: “¿Podréis beber el cáliz...?” (Mt 20,22) ¿Qué significa cáliz? ¿Qué te propone Jesús? Responde el P. Buela: «Este es el “cáliz” que les propone Jesús: ¿Podréis...?

Este es el “cáliz” que nos propone Jesús a cada uno de nosotros: ¿Podréis...?

Este “cáliz” es su cáliz: ...que yo beberé. Este no es otro que el cáliz de su Pasión y Muerte: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz (Mt 26,39); a esto añade el Señor: El cáliz que yo he de beber, lo

beberéis, y con el bautismo con que yo he de ser bautizado, seréis bautizados vosotros (Mc 10,38): es la inmersión total en su muerte. ¡A eso nos llama!

 

Están ordenados al cáliz los sacerdotes. Al igual que Jesús, que “tomó este cáliz glorioso”19, el sacerdote toma el cáliz y, tal como Jesús, sobre él dice: ...éste es el cáliz de mi sangre (...) de aquí que nuestro fin es el “cáliz” (…). Por eso el fin dichoso del Apóstol es ser derramado como una libación20.

  • ¡nada de tanto egoísmo, de tanta mezquindad, de tanto cálculo! ¡Hay que ir a la entrega total! ¡A 
  • la libación! ¡Al cáliz! ¿Estaban Santiago y Juan, los Hijos del Trueno, dispuestos a beberlo? ¡Sí!

Rápidamente respondieron ¡Possumus...! ¡Dynámetha...! ¡Podemos...!»21.

Por tanto, querido Padre Pablo siempre que eleves un cáliz, este cáliz, tu cáliz recuerda las palabras de nuestro querido padre fundador: «Cuando nos parezca que estamos abandonados de los amigos, de los superiores, de los ángeles, de Dios... ¡Possumus!

Cuando nos veamos tan malolientes de pecados que nos miremos a nosotros mismos como Lázaro en el sepulcro... ¡Possumus!

Cuando los enemigos parezcan tan fuertes que nuestra derrota se presente inminente... Possumus! Cuando la lucha nos parezca tan desigual de modo que sea imposible la victoria... ¡Possumus! Cuando el Anticristo con su sucia pezuña nos aplaste la cabeza, con el último aliento debemos decir

¡Possumus! Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13).

El grito del combate nos llama y nos convoca. Pidamos siempre que de la mano de Santiago y de San Juan -y de SAN PABLO!- retorne a nuestras tierras el espíritu de los grandes. En honor de María, digamos siempre: ¡Possumus!

Digamos con ese gran seminarista que fue Marcelo Javier Morsella que escribió: “¡Podemos!, con la gracia de Dios todo lo podemos”»22.

Que Nuestra Señora la Pura y Limpia Concepción de Luján, Madre de todos nosotros te haga un santo sacerdote y gran misionero, siempre consciente de la dignidad y del poder espiritual que desde el memorable 25 de agosto llevas contigo para siempre: para gloria de Dios y salvación de las almas. Pues “la vocación y la misión recibidas el día de la ordenación sacerdotal, marcan al sacerdote permanentemente”23: Sacerdos ipse Christus in aeternum!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Sl 109, 4 “Juravit Dominus, et non pœnitebit eum: Tu es sacerdos in æternum secundum ordinem Melchisedech” (seguimos la numeración de la vulgata)

2. SAN AGUSTÍN citado en STRAUBINGER, J., Biblia Comentada Sl 109,1 (Tlalnepantla – 1969) p. 674.

3. BUELA, C. M., Sacerdotes para Siempre (New York – 2011) pp. 266.

4. Ibídem.

5. Catecismo de la Iglesia Catolica, 1548.

6. FUENTES, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 59.

7. Directorio de Espiritualidad, 133.

8. Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», 18-31; Decrecto sobre el ministerio y vida de los presbíteros «Presbyterorum Ordinis», 2; CIC c. 1008.

9. Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el apostolado de los seglares «Apostolicam Actuositatem», 3; Juan Pablo II, Exortación Apostólica post-sinodal «Christifideles Laici» (30 diciembre 1988), 14.

10. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica post-sinodal «Pastores Dabo Vobis» (25 de marzo de 1992) 13-14; Catequesis (31 marzo 1993), L'Osservatore Romano 14 (1993) 171.

11. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros (Ciudad del Vaticano 1994) 6.

 12. EUGENIO IV, Exsultate Deo, 22/11/1439; DS. 1321, Dz. 698.

 13. Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. Th., III, 22, 4, sc.

14. Cf. Jn 15,15 “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos”.

15. BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD, Elevaciones, Elevación nº 34.

16. Constituciones, 7.

 17. Cf.  Hch 9,16 “Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre”.

 18. Cf. Hb 8,6ss.

19. MISAL ROMANO, Plegaria eucarística

20. Cfr. 2Tim 4,6; Flp 2,17.

 21. BUELA, C. M., Servidoras II (San Rafael - 2004) pp. 377-378.

 22. BUELA, C. M., Servidoras II (San Rafael - 2004) pp. 377-378.

 23. BUELA, C. M., Sacerdotes para Siempre (New York – 2011) pp. 77-78.

 

Decía Antonine de Saint-Exupéry “El hombre no es más que un nudo de relaciones. Sólo las relaciones cuentan para el hombre”[1] y si esto es verdad, lo es porque él, es imagen de Aquél que es relación por antonomasia, es decir nuestro Creador. De hecho, cada divina Persona es una relación subsistente. «En efecto, “en Dios todo es uno, excepto lo que comporta relaciones opuestas”[2]. Por otra parte el «“Padre”, “Hijo”, “Espíritu Santo” no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: “El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo”[3]. Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede”[4]La Unidad divina es Trina»[5].

Existe entonces, podríamos decir un “Nudo Trinitario” que “es el misterio de Dios en sí mismo”[6] de ahí que «la distinción personal del Verbo con el Padre y el Espíritu Santo nos impele a que toda nuestra vida lleve la impronta trinitaria, que es el máximo misterio de Dios, es plenitud del hombre y es “la sustancia del Nuevo Testamento”, en la que los hombres por medio del Hijo hecho carne tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Debe ser un timbre de honor el confesar “la distinción de las personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”[7]»[8].

Por otra parte a la pregunta ¿Qué es ser hombre? Recordemos la respuesta  del aviador francés “El hombre es un nudo de relaciones”. Es decir, lo que nos define son los vínculos con la realidad, que son invisibles. Y lo que construye nuestra realidad humana es cómo nos relacionamos con el mundo con los demás y con Dios. Todo depende de nuestras relaciones: La vida, la muerte, la familia, los amigos, etc. De ahí que  Saint-Exupéry escribía “Lo que causa tus sufrimientos más graves es lo mismo que te aporta tus alegrías más altas. Porque sufrimientos y alegrías son frutos de tus lazos”.

Estos lazos son los que nos hacen “ser”. Pero no sólo en las relaciones humanas, sino también los lazos que establecemos con los bienes materiales, con la tradición y sobre todo con Dios. «Origen primero y fin último de todo cuanto existe. Principio y fundamento, en especial, de todo hombre y mujer creados a su imagen y semejanza»[9].

 

Ahora, el hombre, como afirmó el Concilio Vaticano II, «no puede encontrar su plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Entonces, se sigue que el amor es la vocación humana y todo nuestro comportamiento, para ser verdaderamente humano, debe manifestar la realidad de nuestro ser, realizando la vocación del amor. Como escribió Juan Pablo II: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida queda privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente ».

 

Entonces la experiencia del amor es esencial al hombre y el amor es, en palabras del autor galo, «el nudo divino que anuda las cosas» (Citadelle ). Por esto, Saint-Exupéry subraya incesantemente que el hombre sólo llega a plenitud cuando participa de algo que lo desborda y, en casos, supera. De ahí la significación de clave de bóveda que otorga en Citadelle al concepto de “intercambio”. “Yo no amo a los sedentarios de corazón. Los que no intercambian nada no llegan a ser nada. Y la vida no habrá servido para madurarlos. Y el tiempo corre para ellos como un puñado de arena y los pierde”[10].

De lo expuesto anteriormente, si sostenemos que “El hombre es un nudo de relaciones” se sigue que cada hombre se define, dignifica y llega a su plenitud en sus relaciones o mejor dicho religaciones hechas por amor, teniendo en cuenta que lo “más propio de la  caridad es querer amar que querer ser amado”[11]. Ahora bien, los votos religiosos son los lazos humanos que nos unen con lo divino, en realidad directamente con Dios, por medio de ellos queremos ligarnos a Él, Uno y Trino y sólo de Él depender. Los votos son entonces el mayor acto de amor que podemos hacer para vincularnos, atarnos, ligarnos raigalmente a nuestro Dios, por eso le dijimos o nos preparamos para decirle de lo más profundo de nuestro corazón: “Al Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada; a Cristo, que nos llama a su intimidad; al Espíritu Santo, que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones”[12]. Por lo cual como dice el P. Nieto: «No hay palabras, quizás en toda nuestra vida, que tengan más seriedad e importancia como aquellas que pronunciamos el día de nuestra profesión. Es a la Trinidad a la que correspondemos porque es el mismo Dios quien nos ha llamado. “Dios llama a quien quiere, por libre iniciativa de su amor”[13] y –quién podría dudarlo– cada una de nuestras vocaciones ha sido el fruto de “la acción divina”[14]. Más aún, es “una iniciativa enteramente del Padre[15], que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva... debiendo responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos... totalidad... equiparable a un holocausto”[16]. De aquí que en la fórmula de renovación mensual de los votos decimos hermosamente que hemos sido llamados a ser “los incondicionales de Dios”, poniendo de relieve la totalidad, el alcance pleno y la perpetuidad del amor que se profesa. Por eso explicaba San Juan Pablo II: “Los votos religiosos tienen la finalidad de realizar un vértice de amor: de un amor completo, dedicado a Cristo bajo el impulso del Espíritu Santo y ofrecido al Padre por medio de Cristo. De ahí el valor de oblación y de consagración de la profesión religiosa, que en la tradición cristiana oriental y occidental es considerada como un baptismus flaminis”[17]. Muchas veces, la claudicación en la profesión religiosa tiene su fundamento en esto: en querer nosotros poner condiciones a Dios pensando que esto redundará en un beneficio personal. “Buscarse a sí mismo” no es jamás un buen negocio en la vida espiritual»[18].

«Debemos tener profunda y raigal devoción a la Santísima Trinidad»[19].  Como el principito que trascendía lo visible para llegar a lo esencial, los “nudos divinos”[20] que buscamos realizar con el Padre, el Hijo y Espíritu Santo pidámosle a la Mujer Trinitaria que estreche (aprete-una-ligue) estos nudos cada día más, siempre más!

 

[1] Cf. Pilote de guerre, p. 154; Piloto de guerra, p. 147.. Los conceptos de “relación” y “vínculo” van estrechamente unidos, en Saint-Exupéry, con el de “participación”: «EI oficio de testigo me ha causado siempre horror. ¿Qué soy yo si no participo? Para ser, necesito participar. Yo me alimento de la calidad de los compañeros (…). Forman, con su trabajo, su oficio, su deber, una red de vínculos (…). Y yo me embriago con la densidad de su presencia». «Admiro las inteligencias límpidas. Pero ¿qué es un hombre si le falta sustancia, si no es más que una mirada y no un ser?» (Pilote de guerre, p. 166; Piloto de guerra, pp. 158-159).

[2] Concilio de Florencia, año 1442: DS 1330. “A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo” (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1331) Cf. Catecismo de la Iglesia Caólica, 255.

[3] Concilio de Toledo XI, año 675: DS 530

[4] Concilio de Letrán IV, año 1215: DS 804

[5] Cf. Catecismo de la Iglesia Caólica, 254.

[6] Catecismo de la Iglesia Caólica, 234.

[7] Misal Romano, Prefacio de la Santísima Trinidad.

[8] Directorio de Espiritualdad, 9.

[9] Buela C. M., Sacerdotes para Siempre (New York - 2011) p. 549.

[10] Cf. Citadelle, Gallimard, Paris, 1948, p. 38. Versión española: Ciudadela, Círculo de lectores, Barcelona, 1992; Alba, Barcelona 1997, p. 38.

[11] Summa Theologiae, II-II, q. 27, art. 1, ad. 2.

[12] Vita Consecrata, 21: “la vida consagrada está llamada a profundizar continuamente el don de los consejos evangélicos con un amor cada vez más sincero e intenso en dimensión trinitaria: amor a Cristo, que llama a su intimidad; al Espíritu Santo, que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada”; cf. Ibidem, 14; Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia General (09/11/1994).

[13] Directorio de Espiritualidad, 290.

[14] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 10; op. cit. CIVCSVA, Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, 5.

[15] Cf. Jn 15, 16.

[16] Cf. Directorio de Vocaciones, 5 a.

[17] SAN JUAN PABLO II, Discurso en la Audiencia General, (26/10/1994).

[18] Nieto, G. Circular XVI ‘Sobre nuestra formula de profesión’ 01/04/2018, p. 6.

[19] Constituciones, 9.

[20] Cf. Citadelle, p. 263; Ciudadela, p. 243.

  1. Permaneced en mi amor

Nos dice Nuestro Señor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9) «No podrá el hombre escuchar jamás una noticia más alta que esta “buena nueva”, ni meditar en nada más santificante; pues, como lo hacía notar el Beato Eymard, lo que nos hace amar a Dios es el creer en el amor que Él nos tiene. Permaneced en mi amor significa, pues, una invitación a permanecer en esa privilegiada dicha del que se siente amado, para enseñarnos a no apoyar nuestra vida espiritual sobre la base deleznable[1] del amor que pretendemos tenerle a Él (Cf. Jn 13,36-38), sino sobre la roca eterna de ese amor con que somos amados por Él»[2].

El mismo Apóstol nos dice en su primera carta: “Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Por lo cual se puede ver que ‘Permanecer en el amor’: «No significa (como muchos pensarán), permanecer amando, sino sintiéndose amado, según vemos al principio de este versículo: hemos creído en ese amor. S. Juan que acaba de revelarnos que Dios nos amó primero (v. 1Jn 4,10)»[3]. En el Evangelio de hoy es Cristo mismo Quien categóricamente nos dice desde lo más profundo de su ‘corazón hipostático’[4]: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9). «También allí nos muestra el Salvador este sentido inequívoco de sus palabras, admitido por todos los intérpretes: no quiere Él decir: permaneced amándome, sino que dice: “Yo os amo como Mi Padre me ama a Mí; permaneced en mi amor”, es decir, en este amor que os tengo y que ahora os declaro (cf. Ef 3,17), que aquí descubrimos es, sin duda alguna, la más grande y eficaz de todas las luces que puede tener un hombre para la vida espiritual, como lo expresa muy bien S. Tomás diciendo: “Nada es más adecuado para mover al amor, que la conciencia que se tiene de ser amado”.

No se me pide, pues, que yo ame directamente, sino que yo crea que soy amado. ¿y qué puede haber más agradable que ser amado? ¿No es eso lo que más busca y necesita el corazón del hombre? lo asombroso es que el creer, el creerse que Dios nos ama, no sea una insolencia, una audacia pecaminosa y soberbia, sino que Dios nos pida esa creencia tan audaz, y aun nos la indique como la más alta virtud. Feliz el que recoja esta incomparable perla espiritual que el divino Espíritu nos ofrece por boca del discípulo amado; donde hay alguien que se cree amado por Dios, allí está Él, pues que Él es ese mismo amor (…) Fácil es por lo demás explicarse la indivisibilidad de ambos amores si se piensa que yo no puedo dejar de tener sentimientos de caridad y misericordia en mi corazón mientras estoy creyendo que Dios me ama hasta perdonarme toda mi vida y dar por mí su Hijo para que yo pueda ser tan glorioso como Él»[5].

 

  1. De siervos a amigos

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). «Notemos esta preciosa revelación: lo que nos transforma de siervos en amigos, elevándonos de la vía purgativa a la unión del amor, es el conocimiento del mensaje que Jesús nos ha dejado de parte del Padre. Y Él mismo nos agrega cuán grande es la riqueza de este mensaje, que contiene todos los secretos que Dios comunicó a su propio Hijo»[6].

Por otra parte para que ya no dudemos más, a gritos nos dice Nuestro Señor: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). «Hay en estas palabras de Jesús un inefable matiz de ternura. En ellas descubrimos no solamente que de Él parte la iniciativa de nuestra elección; descubrimos también que su Corazón nos elige aunque nosotros no lo hubiéramos elegido a Él. Infinita suavidad de un Maestro que no repara en humillaciones porque es “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Infinita fuerza de un amor que no repara en ingratitudes, porque no busca su propia conveniencia (1Co 13,5)»[7].

 

  1. Marcelo Javier Morsella

 Marcelo Morsella era consciente que el fundamento de toda vocación es el amor de Dios, y así escribe a su Madre: «“En una carta que le mandé a Juan y que llegará seguramente antes que ésta, le conté que tuvimos la ordenación sacerdotal de dos muchachos. Es realmente impresionante y me hizo pensar qué gran regalo de Dios es la vocación sacerdotal; para unir a los hombres con Dios el sacerdote se entrega a Dios libremente. Hay una frase muy linda del Papa Juan Pablo II con respecto a la vocación: “Cada llamada de Cristo es una historia de amor única e irrepetible”. Nada más acertado. El sacerdote es un hombre enamorado de Dios. Te pido que recés por mí, en especial a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes y de todos los hombres, para que sea fiel al llamado de Cristo”[8]»[9].

También a su padre: «“Con respecto a entrar al Seminario sigo pensando lo mismo, pero no es que el ánimo esté retemplado como vos me decís y te agradezco, sino que es Dios quien da la vocación y quien la sostiene. Uno pone apenas lo humanamente posible y Dios hace el resto. Si por mis propias fuerzas humanas fuera, yo no haría ni media cuadra. El error sería para mí confiarme de mi fortaleza, porque además sé que, por experiencia, por ese lado no va la cosa”[10]»[11].

Por esto Marcelo siempre buscó no distorsionar ese fundamento y luchó con denuedo para ‘Permaneced el amor’, decía: «“Qué poca idea tengo del amor de Dios, sobre todo con mis estúpidos escrúpulos. Solamente le pido a mi Madre, la Virgen María que me dé la virtud de la confianza en Dios y que lo que veo de las personas no me disminuya la fe ni distorsione la imagen que debo tener de Dios, porque Dios es siempre el mismo, los que cambiamos somos los hombres”[12]»[13].

Combatió y venció, por eso escribía: «“Dios es inmensamente bueno y cuida por nosotros con delicadeza paternal, nos da bienes que no merecemos. Hacemos un poco por Él y Él nos da el “ciento por uno”... Hay que rezar sin desfallecer, porque la oración es la “fuerza del hombre y la debilidad de Dios” (San Agustín). También me alegro mucho de lo que me contás de esa intimidad mayor con Cristo que experimentás, es duro no apoyarse en lo humano, y te lo digo porque me cuesta, pero Dios quiere tener todo nuestro corazón para Él, y cuanto más nos abandonamos en Él, más se nos dará Él... La Providencia es impresionante cómo nos protege”[14]»[15].

En conclusión, fuimos escogidos por amor y para que permaneciendo en Él “vuestro fruto permanezca” que «es la característica de los verdaderos discípulos; no el brillo exterior de su apostolado (Mt 12,19 y nota), pero sí la transformación interior de las almas. De igual modo a los falsos profetas, dice Jesús, se les conoce por sus frutos (Mt 7,16), que consisten. según S. Agustín, en la adhesión de las gentes a ellos mismos y no a Jesucristo»[16].

Que María, Madre del Amor Hermoso, nos conceda la gracia de nunca jamás abandonar nuestro fundamento, Amor Christi, pues este no pasará jamás! Él es el primero y el último, el alfa y el omega[17]. Él es la roca[18] y nadie puede poner otro fundamento[19].

 

 

[1] DRAE: “Despreciable, de poco valor”.

[2] Straubinger, J., Biblia Comentada Jn 15,9 (Tlalnepantla – 1969) pp. 141-142.

[3] Straubinger, J., Biblia Comentada 1Jn 4,16 (Tlalnepantla – 1969) pp. 347-348.

[4] Directorio de Espiritualidad, 75.

[5] Straubinger, J., Biblia Comentada 1Jn 4,16 (Tlalnepantla – 1969) pp. 347-348.

[6] Straubinger, J., Biblia Comentada Jn 15,15 (Tlalnepantla – 1969) p. 142.

[7] Straubinger, J., Biblia Comentada Jn 15,16 (Tlalnepantla – 1969) p. 142.

[8] A su mamá, San Rafael, 9 de agosto de 1984. También dice hablando de la ordenación como diácono de uno de los que se ordenarían presbíteros en diciembre: “El domingo pasado se ordenó Diácono Miguel Speroni, de este Seminario, tuvimos un asado bárbaro y estaba muy contento, si Dios quiere a fin de año lo ordenan Sacerdote. Eso me hace pensar mucho en cómo pasa el tiempo, se te escapa de las manos, y hay tanto que aprender, y rezar, y hacer, en fin, hay que confiar en Dios y hacer todo lo que se puede” (A Juan, San Rafael, 21 de agosto de 1984).

[9] Fuentes, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 59.

[10] A su papá, Buenos Aires, 25 de mayo de 1983.

[11] Fuentes, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 35.

[12] Morsella, Marcelo, Soliloquio (manuscrito), 1983.

[13] Fuentes, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 38.

[14] Marsella, Marcelo, A Charlie, San Rafael, 26 de abril de 1984.

[15] Fuentes, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 79.

[16] Straubinger, J., Biblia Comentada Jn 15,16 (Tlalnepantla – 1969) p. 142.

[17] Cf. Ap. 22,13.

[18] Cf. 1 Cor 10,4.

[19] Cf. 1Cor 3,11.

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El ejemplo de seriedad de Marcello Morsella

Escrito por

“Porque queremos formar almas que maduren para el cielo” (1)

En varias ocasiones hemos evocado la persona de  Marcelo, pero especialmente hoy me parece más que oportuno, pues en el día que comenzamos formalmente el año lectivo él se nos presenta como un modelo acabado a seguir en nuestra formación integral, que no es otra cosa que la unión con Dios.

En el día que los restos mortales de este “capitán triunfante” descansaron en el suelo de la “La Finca” el P. Buela pronunció unas bellísimas palabras, que concluyó con una poseía dedicada a este primer hijo espiritual que nació para el cielo. Con el corazón en la mano, declamó:

«“Marcelito, ¡querido!;

¡mi dulce y querido y valiente, Marcelo!,

olor a tierra mojada,

perfume de azahares en espera,

trino alegre de juguetones pájaros,

acequia cargada de agua,

cosecha a punto,

trabajo bien hecho,

rosal en flor» (2).

Sin dudas que Marcelo -en palabras del propio P. Buela- fue “(Marcelito), ¡hijo de mi alma!” (3) de ahí que debamos buscar de imitarlo si queremos formarnos como auténticos hijos del Verbo Encarnado (IVE).

Sabemos que un signo de madurez es la responsabilidad, es decir “dar respuesta” de nuestros propios actos, nuestras responsabilidades, nuestro estado etc.  Marcelo en esto fue ejemplar, tal vez por eso su biógrafo también un día de Lectio brevis del 2016 decía «Marcelo fue, sobre todo, responsable. Responsable en sus relaciones familiares, en sus amistades, en su trabajo, en su estudio, en su apostolado, en su trabajo interior de la voluntad. Buscó hacer todo bien, porque ese es el único modo en que las cosas deben hacerse si se hacen por Dios» (4).

Cuando tuvo que retrasar un año su ingreso al seminario por razones familiares, pues debía trabajar para ayudar a sus padres, Marcelo hizo lo posible por vivir ese tiempo como si ya fuese seminarista con grandes deseos de ingresar, incluso empezando a estudiar por su cuenta algunas cosas, quizá para ir ganando tiempo o para que esto lo ayudara a ser fiel a la palabra empeñada a Dios. Escribía en ese tiempo: “También estoy estudiando un poquito de latín, que también es muy interesante” (5). He aquí alguien que no perdía el tiempo.

Destaca el P. Fuentes «Marcelo encaraba lo que hacía con un gran sentido de la responsabilidad. Como escribe en una notita de 1983: “la vida es un continuo tomar y dejar, partir y llegar. Y así será hasta la última Partida. Es fácil decir me voy, pero hay que hacerlo. Solamente pido a Dios, por medio de mi Madre, que me dé la fortaleza para hacer lo que tengo que hacer, aunque mucho me cueste” (6). Ojalá todos entendamos que hay que hacer lo que debemos hacer. Y punto».

Decíamos que Marcelo era responsable en todo por eso tomaba muy en serio su formación. Por ejemplo, consideraba el estudio algo fundamental para prepararse al sacerdocio. Y se refiere a algunas conferencias a las que pudo asistir en el primer año de seminario como “una gracia más que Dios nos hace” (7).

Sin embargo, tenía plena conciencia de que el estudio, siendo un aspecto fundamental de la formación, no era lo más importante; por encima estaba el trabajo de la gracia y la transformación de la voluntad para aspirar a la unión con Dios. Le escribía a su papá en 1984: “Aclaro que no es lo más importante el estudio, porque evidentemente se puede saber mucho y no ser bueno. Primero está la caridad, la fe, la esperanza” (8).

A uno de sus amigos le escribe a mediados de su primer año de seminario: “Yo sigo muy contento y constatando que el tiempo vuela, se te va de las manos. Pienso a veces, en lo que es el sacerdocio y me doy cuenta de que es algo tan grande que sobrepasa todo lo que uno pueda imaginar o la idea que uno pueda tener. Pero hay que confiar en Dios, uno no merece ni es digno pero es la voluntad de Dios. Te digo [esto] porque muchas veces me veo con defectos, pero los Apóstoles también los tenían: eran hombres y esto de los Apóstoles es un gran consuelo porque esos hombres rústicos y pecadores fueron después los más grandes santos que dieron la vida por Jesucristo. La santidad es trabajo de toda una vida…” (9).

 

 

 

 

 

 

 

1 Capitulo a las novicias SSVM dado en noviembre del 2016, San Pablo Brasil.

2 FUENTES, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo

Edición corregida y aumentada) p. 137.

3 P. Buela citado en FUENTES, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 8.

4 FUENTES, M. Á., La madurez afectiva y espiritual de Marcelo Morsella -Lectio brevis- Seminario “María, Madre del Verbo Encarnado”, marzo de 2016.

5 A su papá, Buenos Aires, 24 de junio de 1983.

6 MORSELLA MARCELO, Soliloquio (manuscrito), 1983.

7 A Carlos, San Rafael, 6 de setiembre de 1984.

8 A su papá, San Rafael, 17 de abril de 1984.

9 A Bert, San Rafael, 27 de agosto de 1984

 

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Como la gota en el cáliz

Escrito por

El día de nuestra profesión religiosa entregamos nuestras vidas como ofrenda agradable al Padre para consagrarlas completamente a su servicio, convirtiéndose desde aquel instante en oblación y víctima de suave aroma   que sube hasta el cielo y perfuma eternidad… ¿Cómo describir esta siempre misteriosa y maravillosa consagración?; se me ocurre una figura tan profunda y tan significativa que no bastaría la brevedad de una página para describirla, pero en atención a la situación trataré de expresarme sucintamente.

La profesión de los votos me hace evocar inmediatamente aquella pequeña gota de agua que cada día, cada uno de nosotros, pone en el cáliz al prepararlo para que, dentro de unos instantes, pueda contener la siempre copiosa Sangre de Cristo, que no cesa de fluir hasta el fin de los tiempos en busca de las almas que desea empapar junto con ella de su infinita misericordia. Aquella pequeña gota se une como la humanidad al santo sacrificio, a una sangre que clama mejor que la de Abel  en favor de los hombres, a una sangre divina que ha venido a desposarse con la naturaleza humana para redimirla… la profesión de los votos nos hace de algún modo mezclarnos con la Sangre Redentora que fluye desde el madero hacia las almas.

Como la gota en el cáliz los sagrados votos nos hacen adentrarnos de tal manera en el designio divino que nos hacemos indisolublemente uno con la voluntad divina manifestada en el fiel cumplimiento de nuestras constituciones… al menos para eso los profesamos; la diferencia es que en el cáliz la pequeña gota una vez mezclada no puede salir más, en el religioso en cambio, sí, cada vez que su voluntad quiera arrebatarle a Dios sus derechos, pues conserva su libertad… pero no profesamos para eso sino para dejarnos confundir con la voluntad divina haciendo de la nuestra una sola con ella… entregar el alma a Dios ya en esta vida, eso son los votos, he aquí el gran don que se nos ha hecho.

Fue el mismo Dios quien tomó en sus manos nuestra entrega: Dios aceptó nuestro holocausto, Dios nos impregnó de su misericordia, Dios nos envía a combatir a cada uno desde un lugar estratégico en su iglesia… será distinto, será variado, será lejano, pero siempre será “nuestro lugar de combate”: a veces desde los ambones, otras a los pies del sagrario, algunas desde los confesionarios, otras en la penumbra de la noche o a la débil luz del alba con un rosario entre las manos, quién sabe, Dios sabe… donde sea y como sea, la pequeña gota en el cáliz estará mezclada con la sangre del Verbo eterno que aceptó gustoso nuestra entrega para llevarla Él mismo a buen término. La obra siempre es suya, nosotros sólo tenemos dos alternativas: contribuir con nuestra docilidad u obstaculizar con nuestra infidelidad.

María santísima sea el timón de nuestra barca y la Cruz el cáliz precioso que contenga la sangre del Cordero junto con la pequeña gota de nuestra profesión, que se ha dejado verter para nunca jamás separarse de ella.

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¡Cuidado Religiosos!

Escrito por

La agitación en la que voluntariamente se ha sumergido nuestro mundo de hoy es una de las señales más claras de que algo no anda bien. El ser humano puede ser trabajador, pero la laboriosidad no tiene que quitarle la humanidad. El frenesí en el que viven tantos hombres de nuestros días nos habla de algo que no marcha por buena senda, de una parte de nosotros que se ha desequilibrado.

El religioso de nuestros días, hijo como todo hombre de su tiempo, tiene que lidiar con este movimiento vertiginoso que atenta contra el mismo ser de su consagración. Hoy es el ruido constante de aparatos electrónicos, de actividades apostólicas, y de lazos innecesarios lo que lo aleja en muchas ocasiones de lo que el Señor en el Evangelio llamó “lo verdaderamente importante”.

Sin embargo, aunque el hombre se haya llenado de nuevas ocupaciones importantes o no, Dios no ha cambiado. Él se mantiene inalterable, siendo todavía hoy el Dios que habla desde el silencio. De tal manera que en sus elecciones diarias todo religioso debe enfrentarse a una que es medular para todas las otras, o Dios o el torbellino de nada.

El Cardenal Robert Sarah, un apóstol de las verdades esenciales, en su magnífico libro “La fuerza del silencio” dice que « El silencio no es una ausencia; al contrario: se trata de la manifestación de una presencia, la presencia más intensa que existe. El descrédito que la sociedad moderna atribuye al silencio es el síntoma de una enfermedad grave e inquietante. En esta vida lo verdaderamente importante ocurre en silencio. La sangre corre por nuestras venas sin hacer ruido, y solo en el silencio somos capaces de escuchar los latidos del corazón»[1]. Y más adelante dirá: « El claustro materializa la fuga mundi, la huida del mundo para encontrar la soledad y el silencio. Representa el fin del tumulto, de la luz artificial, de las tristes drogas que son el ruido y la codicia de poseer cada vez más bienes, para mirar al cielo. El hombre que entra en un monasterio busca el silencio para encontrar a Dios»[2]; cosa que evidentemente se aplica a todo tipo de religioso, no sólo a los monjes.

Son estas verdades las que nos tienen que llevar a vivir manteniendo encendida la luz de alerta, pues el ambiente en el que como religiosos debemos estar insertos atacará lo esencial de nuestra consagración, que es el ser “lo hombres de Dios”. Cuidemos este don sagrado del “retiro o silencio religioso”, pues es el medio que nos conduce a Dios. No olvidemos que el fin de nuestra consagración es encontrar a Dios.

Es por todo esto que concluimos esta breve reflexión con un consejo tomado de aquel libro generador de santos llamado “Imitación de Cristo”: «Busca tiempos aptos para examinarte y piensa con frecuencia en los beneficios de Dios. Deja las curiosidades. Medita aquellos temas que te den compunción más que ocupación. Hallarás tiempo suficiente y oportuno para dedicarte a buenas meditaciones si te apartas de las charlas superfluas, de las pérdidas de tiempo, y del oír novedades y murmuraciones. Los santos evitaban en lo posible estar entre la gente y elegían servir a Dios en secreto»[3].

 

 

[1] Robert Sarah, La fuerza del silencio, Palabra, Madrid 2017, pág. 30.

[2] Idem, pág. 81.

[3] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, San Pablo, Buenos Aires 2007, pág. 49.

Sobre la “muerte y soledad del monje”

 Jason Jorquera M.

 

 “Toda la vida de los religiosos debe orde­narse a la contemplación[1]

como elemento constitutivo de la perfección cristiana;

sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen

esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar,

recogiéndose realmente en la soledad…”[2].

Ésta ha sido la misión de los monjes,

quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente,

pues proclaman con su vocación y género de vida

que Dios es todo y que debe ser todo en todos[3].”

Directorio de Vida Contemplativa

 

      La vida contemplativa, al igual que cualquier otro estado de consagración, siempre guardará un aspecto de misterio. Y es que nunca se podrá explicar totalmente con palabras humanas aquel binomio divino-humano entre el “llamado de Dios” y el correspondiente “sí” de un alma a este estilo de vida del todo particular, cuya riqueza absoluta ha de ser el mismo Dios, a quien el monje dedica toda su existencia como “adelantándose” a la contemplación perenne del Paraíso celeste, aunque con las necesarias cruces de nuestra actual condición de viadores, las cuales abraza por amor al Crucificado que ha decidido seguir de cerca.

      Cuando hablamos de vida monástica, necesariamente hablamos de oración, pero también de silencio, soledad y muerte, todo lo cual tiene un profundo sentido espiritual que va como marcando el ritmo mismo de la oración, a la vez que de ella se nutre para poder profundizar así la unión con el Creador. Me explico: para rezar se necesita del silencio exterior en lo posible, pero siempre buscando el imprescindible silencio interior que permitirá al alma oír mejor la voz del Todopoderoso que lo invita a dialogar con Él; y lo mismo se diga respecto a la soledad, entendida como apartamiento de las disipaciones para tratar a solas con Dios, la cual también contribuye y se beneficia de la oración. Y finalmente la muerte, pero ¿qué muerte?, pues –llamémosla- una “muerte vívida”, es decir, activa, batalladora; en lenguaje espiritual un continuo morir a sí mismo, al egoísmo, el amor propio, a los defectos, al pecado, etc., lo cual es una condición necesaria para progresar en dicha contemplación con Dios.

           Morir, entonces, al mundo para vivir en soledad con Dios ha de ser la impronta propia del monje, que quiere imitar al Cristo orante, modelo perfecto del contemplativo; y que busca identificarse con las palabras que escribiera el apóstol de los gentiles: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.”

Porque habéis muerto…

           No hablamos aquí, obviamente, de la separación del cuerpo y el alma, sino de una nueva y amorosa disposición del alma que se entrega a Dios en la vida monástica para dar origen a un “nuevo existir”, es decir, como a un nuevo ser transformado a la luz de la gracia divina, fruto de la constante renuncia a sí mismo que ha de regir toda la ascesis del monje; porque la renuncia –que es este “morir”- implica el ineludible combate por sepultar al hombre viejo, al del mundo, para que el hombre nuevo, el que tiene sed de estar a solas con Dios, para contemplarlo e interceder ante Él por la humanidad entera, pueda comenzar a vivir libre de las ataduras del mundo, del cual ha huido considerándose como muerto para él para refugiarse así sólo en Dios. Y esta es la razón de que la vida contemplativa sea equiparada a la gloriosa muerte que implica el martirio: “Los mártires nacen al morir, su fin significa el principio; al matarlos se les dio la vida, y ahora brillan en el cielo, cuando se pensaba haberlos suprimido en la tierra”[4]. De la misma manera el monje, que renunció a su vida en el mundo para consagrarse a Dios, vive en sí mismo una especie de martirio que le anticipa la gloria reservada a los que dieron la propia sangre en valiente testimonio Cordero de Dios, que vino a ofrecer su vida por los pecadores; con la esperanza de alcanzar mediante esta entrega la vida perenne prometida a aquellos que lo dejaron todo por seguir al Salvador desde cerca, animados por la confianza inquebrantable de la que hablaba san Basilio: “…el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo”[5]; y aplicándose, a la vez, las exhortativas palabras de san Pablo: “…porque si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu hacéis morir las obras o pasiones de la carne, viviréis, siendo cierto que los que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.”[6]

          Obviamente que el “morir al espíritu del mundo” para dejarse guiar por el Espíritu de Dios[7] no implica la ausencia de las tentaciones, de las dificultades, en definitiva de la cruz; ya que la ascesis del monje es un trabajo de toda la vida, puesto que  dondequiera que vaya llevará siempre consigo la naturaleza herida por el pecado, como cualquier otro hombre, pero gracias a su muerte-renuncia mucho más radical al espíritu mundano, se arroga para sí el premio de “la parte mejor” que eligió María y que, al igual que ella, no le ha de ser quitada[8], porque a imitación de su arquetipo sublime, Jesucristo, ha elegido libremente entregar a Dios su vida para servirlo en la rica soledad del monasterio: “Nadie me la quita (la vida); yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). Y esa es justamente la actitud del consagrado, y en este caso del monje, entregarse, darse libremente en servicio de aquel que lo amó primero[9] para dedicarse a contemplarlo y buscar configurarse con aquel Cristo orante que pasaba las noches en oración ante el Padre[10], aquel Cristo de Getsemaní que rogaba al Padre que se realizara en Él su voluntad[11], aquel  Jesús de Nazaret que permaneció 30 años en el arcano de la casa de José y María preparando la misión que su Padre le había encomendado; en fin, aquel  Jesucristo, Hijo del Dios Altísimo, que en su infinita misericordia decidió quedarse con los hombres después de su bendita ascensión, hecho sacramento en el silencio del sagrario.

           El monje además ha muerto al mundo para fructificar para el cielo, porque si el grano de trigo muere  (entonces, y sólo entonces) da mucho fruto[12] y lo hace porque su muerte es voluntaria, es decir, aceptada al momento decirle  al llamado de Dios. El contemplativo vive, en definitiva, “una vida que es muerte y una muerte que da vida” pues la ha puesto totalmente en manos de aquel que lo llamó, tal como afirma nuestro Directorio: “Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo que Dios puso en el corazón de cada monje…”[13].

… y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios

       Vivir “escondido junto a Dios”, quiere decir apartado del mundo para dedicarse a estar en lo posible, como hemos dicho antes, a solas con Él; es decir, refugiado en la oración porque nada puede hacerse sin la vida de oración. Un alma no puede llegar a la cima de la santidad si no ora. Dios no puede penetrar en el alma, si nosotros no tratamos de buscarlo (San Alberto Hurtado). Y el contemplativo ha de buscarlo durante toda su vida, siguiendo aquello de Dom Columba Marmion: “Buscar a Dios es permanecer unidos a Él por la fe, adherirnos a Él como objeto de nuestro amor. Ahora bien: es evidente que esta unión admite una variedad infinita de grados. Dios está presente en todas partes dice san Ambrosio, pero está más próximo a aquellos que le aman, estando en cambio alejado de aquellos que no le sirven.

     Cuando ya hemos encontrado a Dios podemos continuar aun buscándole, es decir, podemos buscarle más intensamente, acercarnos a Él por una fe más ardiente, por una caridad más exquisita, por una fidelidad más exacta en el cumplimiento de su voluntad: he aquí por qué podemos y debemos siempre buscar a Dios, hasta tanto que nos sea dado contemplarlo de una manera inamisible en todo el esplendor de su majestad, rodeado de luz eterna. Si no alcanzamos este fin, arrastraremos una vida inútil.”[14]

      Cuando dos personas que se aman están a solas experimentan gran alegría y deseos de permanecer juntos; es lo que pasa con los amigos, los esposos o los hermanos: quieren estar con aquel que aman y el sólo hecho de hacerlo les alegra el corazón. En el contemplativo esta dicha tiene que ser siempre sobrenatural: pese a las arideces, pese a las dificultades, pese a nuestras limitaciones Dios siempre está con nosotros, ¿cómo va a abandonar a quien lo dejó todo para estar con Él?; y más aún, este “estar con Dios” se va realizando en el alma misma, que es el lugar de encuentro con el Dios que suscitó en el monje el deseo de estar oculto con Él para buscar su gloria mediante la vida de oración y ocupar en la santa Iglesia el lugar que le corresponde: interceder por ella mediante oraciones y sacrificios: “El alma que le quiere encontrar ha de salir de todas las cosas con la afición y la voluntad, y entrar dentro de sí misma con sumo recogimiento. Las cosas han de ser para ella como si no existiesen. San Agustín habla con Dios en los Soliloquios y le dice: «No te hallaba, Señor, por fuera, porque mal te buscaba fuera, pues estabas dentro». Dios, pues, está escondido en el alma y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo: ¿A dónde te escondiste? ”.[15]

      El monje debe vivir oculto con Cristo en Dios, no porque quiera estar lejos de los hombres, no por estar harto del ruido, no porque sea un egoísta que intenta tener a Dios sólo para sí, nada de eso, simplemente lo hace porque así lo exige su vocación, o mejor dicho, porque en esto consiste su vocación: “Su finalidad será vivir sólo para Dios, […] “porque es más precioso delante de él y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas obras (exteriores) juntas”[16]. Por tanto que todos los actos de su vida suban al Señor en suave olor de santidad, quemándose como el incienso en adora­ción al solo Santo, en acción de gracias por tanto bien reci­bi­do, “en todo amando y reconociendo.”[17][18]

 

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Contra impugnantes Dei cultum et re­ligionem, cap. II, n 20,Ed. Marietti, Turín, 1972, p. 11.

[2] VS, 1.

[3] Cf. 1 Cor 15,28.

[4] San Pedro Crisólogo, sermón 108

[5] San Basilio, Homilía 20

[6] Rom 8,13-14

[7] Cfr. 1 Cor 2,12; Rom 8,1,; 2Cor 4,4; 1 Jn 4,5; etc.

[8] Cfr. Lc 10, 38-42

[9] Referencia a 1Jn 4,19

[10] Cfr. Lc 5,16

[11] Cfr. Mt. 26,36-46; Mc 14,32-42

[12] Jn 12,24

[13] Directorio de vida contemplativa, nº10

[14] Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje

[15] San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, I, 6).

[16] San Juan de la Cruz, Cántico, 29, 1.

[17] EE [233]: “Interno conocimiento de todo bien recibido, para que enteramente reconociendo yo pueda amar y servir en todo a su Divina Majestad”.

[18] Directorio de Vida Contemplativa nº9

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Religiosos del IVE

Escrito por

Con una bocanada de espeso incienso,

embebiendo el ambiente en dulce perfume de rosas,

se eleva al cielo, lenta y graciosa,

la entrega total que hace el religioso.

 

La profesión religiosa es el mayor acto de libertad posible después del martirio, pues uno por deseo propio, usando la mayor de sus potencias, y en ella subordinadas todas las otras, se entrega a Dios, su Señor, alcanzando con esto, si la entrega es radical, el perfeccionamiento óptimo de sus potencias, lo cual representa la realización de la voluntad sublime de su Señor.

Hemos sido hechos para Dios, ¿y qué mejor modo de cumplir este precioso fin que el arrojarse en sus manos?, como el cordero que mansamente se acerca a las manos de su pastor, para ser llevado por Él a la perdida presencia de su madre. Pues es Él quien dirige nuestra barca a la patria celeste, que se encuentra allá, a lo lejos, después de las agitadas aguas de este mundo.

¡Somos religiosos, es decir, creaturas libres, en las manos de Dios por nuestra propia voluntad, nos hemos introducido en la senda angosta, que puede ser incómoda por momentos, pero que conduce directamente al Reino esperado!

¡Somos religiosos, mas no cualquier tipo de religiosos, pues nuestra esencia es ser los pobres, los castos y los obedientes del Verbo Encarnado, lo cual habla de una impronta, de algo que nos distingue, pues en el rebaño de Dios hay muchas ovejas, pero no todas son iguales!

¡Somos religiosos y por tanto ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, hasta la última, a ejemplo de Cristo que todas las ofreció a Dios, incluso la postrera cuando parándose en el clavo que sujetaba sus pies al madero gritó: “En tus manos encomiendo mi espíritu”!

Somos ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, pero no para cualquier cosa, sino para no ser esquivos a la aventura misionera, a la posibilidad de ser injuriados, despreciados, insultados, maltratados y hasta matados después de crueles tormentos de años. Para no ser esquivos a inculturar el evangelio en la diversidad de las culturas, pues no nos puede frenar la distinción de lenguas, si vamos con el Dios que creó esa distinción en Babel; ni la distinción de razas si llevamos la gracia que a todos nos hermana en Cristo, ni la condición social, si el Señor nos ha hecho todo en todos. Para prolongar la Encarnación del Verbo en todo hombre, todo el hombre y todas las manifestaciones del hombre, pues Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios, comunicándonos su vida, ya que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y como sobreabunda debemos compartirla con aquellos que aún no han tenido la misma suerte que nosotros, dado que si gratis hemos recibido, gratis debemos dar, y si por nosotros Cristo ha muerto, por los demás también nosotros tenemos que morir, pues el prójimo se identifica misteriosamente con Cristo. Para asumir todo lo auténticamente humano y elevarlo al plano sobrenatural y eterno. Para ser como otra humanidad de Cristo, de modo que en nuestro obrar y ser diario los demás lo encuentren a Él, pues no hemos venido a ser piedra angular, sino los brazos del edificio que lo señalan, de manera que viéndonos los hombres lo vean, y después se olviden de nosotros, pues sólo de Él es la gloria y el poder, pues sólo Él merece toda alabanza y fruto, por lo que nos conceda la gracia de no ver ese fruto, para no envanecernos creyendo que hacemos mucho, sin que nos conformemos con el lugar que nos corresponde, que es el de esclavos de amor, pues amor con amor se paga, y humildad del que es más alto con sometimiento del que es más bajo. Por todo esto fecundemos este mundo con la gracia de Dios, haciendo que el Verbo que ya se hizo carne y habitó entre nosotros habite también entre ellos, para que todos seamos verdaderos hombres con un único y vivo Señor, Jesucristo, la Sabiduría eterna y Encarnada.

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El reflejo silencioso

Escrito por

Esta sencilla reflexión surgió, efectivamente, a partir de un reflejo silencioso. Al referirme así, me parece mejor para ir desglosando paulatinamente el significado que tal impresión tiene para mí.

El reflejo silencioso no es nada extraño al sacerdote, al contrario, le resulta tan familiar como dar la bendición con el santísimo sacramento puesto en la custodia. Es justamente ahí, en el vidrio de la custodia que protege la Hostia Consagrada, que se produce este maravilloso reflejo silencioso en que el sacerdote puede verse impreso a la vez que observa atentamente a través del diáfano cristal al mismo Verbo Eterno convertido en sacramento.

 Bien digo que este reflejo silencioso sea “maravilloso”, pues de alguna manera podemos decir que el sacerdote se ve reflejado en la misma hostia que han consagrado sus manos, que le ha dado todo el sentido a su existencia y que es el alma de su sacerdocio pues sin Eucaristía no habría sacerdocio…ni viceversa.

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Mi vieja sotana

Escrito por

Hay ocasiones en la vida en las que uno quiere reflexionar... Es como si los mismos sentimientos que se estorban por salir desde lo más secreto del corazón anhelaran escapar… El problema de estas explosiones es el desorden lógico que conllevan.

Posiblemente muchos al leer estas líneas queden perplejos por el tema abordado, y hasta consideren una soberana pérdida de tiempo cada uno de los presentes renglones. Y tal vez tengan razón…

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